Consumidora pro nobis

Especies en peligro

Ocurre a menudo en estos tiempos: el bar de abueletes sobreiluminado y con barra de zinc, cuya clientela incluía forzosamente un par de personajes propios de un reparto de John Waters o Bigas Luna, está atestado de treintañeros modernos a diario. Lo mismo le ocurre al restaurante chino mal ventilado ubicado en un aparcamiento, con el menú plastificado escrito solamente en mandarín. Al tratar en vano de encontrar un hueco libre en alguno de ellos, muchos de nosotros emitimos un "desde que viene tanta gente, este sitio ya no es auténtico". Pero ojo, tratemos de ver la botella medio llena: ese renovado interés de un sector de la población más o menos joven hacia el local rancio, hacia lo que a nivel hostelero consideramos auténtico —ya sea en su versión china o ibérica—, garantiza de algún modo la salvación de esos lugares que, no nos engañemos, no podrían mantenerse con la sola presencia de sus tres o cuatro clientes de palillo en boca que pasan allí la mañana con su sol y sombra.

Pero los problemas de supervivencia más graves los sufren sobre todo los negocios que no sirven precisamente cañas en un entorno considerado pintoresco, sino que venden calcetines, botones o redes para cocer garbanzos desde hace varias décadas. En la corsetería madrileña especializada en tallas enormes que lleva toda la vida en la calle Toledo 49 no van a entrar hordas de treintañeros a comprar fajas de la talla 54. Tampoco van a entrar buscando hilo para atar chorizos en Casa Pajuelo, el negocio de la calle Atocha especializado en productos para la matanza. Son esos los principales lugares "auténticos" en claro peligro de extinción. Compremos entonces de vez en cuando miel, ovillos de lana o cualquier cosa en ellos si no queremos que pasen a ser meros representantes de la memoria colectiva.