Consumidora pro nobis

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Ha llegado el tiempo de la geolocalización, un palabro que asusta pero que no se refiere nada más —y nada menos— que a la posibilidad de que un ojo con un triángulo (en forma de aplicación para el móvil) sepa por qué calle andamos en cada momento. Tooio, que así se llama la cosa, deja en pañales a Facebook y a otras redes sociales en cuanto a precisión informativa sobre las coordenadas espaciotemporales de sus usuarios. Tooio te cuenta qué amigos tuyos tooieros están a menos de 300 metros, por si surge una caña repentina cuando estás sacando al perro, o una ayudita para montar un mueble.

Intuyo que mi misión sería indignarme ante esto y proferir unos cuantos "a lo que hemos llegado", pero en principio me abstendré de hacerlo. En una ciudad grande donde no hay modo de coincidir con ciertos amigos si no es desenfundando la agenda previamente, la idea de recuperar el "si estás por aquí, pásate y nos tomamos algo" la encuentro valiosa y, empleando vocabulario new-age, sanadora.

Otra de sus aplicaciones es más peliaguda y requiere del usuario capacidad de análisis sobre su realidad amistosa: Tooio te permite agrupar a tus amigos en pandillas y ver qué anda urdiendo cada lote de ellos, ¿pero acaso tenemos todos varios kits de gente homogénea agrupada a modo de cuadrilla vasconavarra? Pasados los fervores amistosos de la época universitaria, si tuviéramos que hacer a día de hoy un mapa de amistades —es decir, geolocalizar a los allegados—, probablemente no nos saldrían varios gurruños de amigos en un mismo lugar, sino gente dispersa, y difícilmente agrupable entre sí, a lo largo del planeta. Que no me entere yo que Tooio nos provoca ansiedad social por no poder generar más de un grupo de amigotes de-toda-la-vida; de ser así, estaría errando el tiro.