Consumidora pro nobis

El pitillo ciborg


No creo que sea el regalo más popular para el Día del Padre: el cigarrillo electrónico llegó a España hace un año y aún no despierta pasiones. Al tenerlo cerca, su aspecto grandote y ortopédico genera entre risilla y pena. Es como un cigarrillo tamaño familiar pero metálico y dividido en tres piezas desenroscables. Una de las piezas es el cartucho que sirve de boquilla, con su correspondiente dosis de nicotina que puede ser mayor o menor según el momento vital en el que se encuentre el fumador electrónico; la segunda es el atomizador, que posibilita la expulsión de una especie de vapor de agua similar al vaho que nos sale de la boca en días de frío serrano. La tercera es la batería, que ha de cargarse como cualquier otra y emparenta por tanto al cacharrín con iPods y teléfonos móviles.

 

Como el cigarrillo electrónico no quema papel ni produce humo "real", una de las webs que lo anuncian (en un castellano que roza el esperanto) alaba sus ventajas con una clara invitación a la transgresión: "Fumará donde no se puede fumar con un cigarrillo tradicional". Pero lo que de verdad nos cautiva del cigarrillo electrónico, como nos sucedería con un nerd que llevase la camisa abotonada hasta la nuez pero que tuviera un ingenio portentoso, es su "brasa inteligente", la lucecita roja de la punta que se enciende al inhalar y que parpadea cuando ya llevas unas quince caladas, las mismas que daríamos para acabarnos un cigarro tradicional. Aquí el e-cigarro se convierte en un pequeño Tamagotchi que, al revés que el tradicional pollito virtual, más que requerir cuidados vela por nuestra salud y evita que cometamos excesos.