Consumidora pro nobis

Búhos

Historia verídica: recibo un mensaje incendiario vía Facebook de una mujer con la que hablé veinte minutos una tarde y que, al haberle denegado mi amistad caralibresca, me increpa con un "en cualquier caso, ya me habían advertido que no había quien te aguantara". Si no he entendido mal, la buena mujer en un principio quería socializar conmigo, curiosear entre mis fotos, conocer mis aficiones, y todo ello aunque un tercero le hubiese hecho ver lo insoportable de mi carácter.

Llegados a este punto me surge una pregunta quizá obvia: ¿Para qué quiere añadirme entonces a su lista de amigos si ya le caigo mal de fábrica? Parece que en la avidez contemporánea de acumulación no se distingue entre calidad y cantidad —cuántos gigas de películas y música anodinas guardaremos en nuestros ordenadores sólo por la compulsión de poseer—. Los amigos de Facebook parecen también una modalidad de colección, no muy lejana a aquella de búhos que toda tía abuela atesoraba en los ochenta. Al ser el significante "búho" lo único que contaba, y al aceptarse como animal de compañía en cualquiera de sus formatos (de barro toscamente torneado; de plástico tóxico, de cerámica de Sargadelos…), nobleza e innobleza buhísticas cogían polvo al unísono en vitrinas cerradas con llave. Que no nos sorprenda comprobar cómo, en las redes sociales de internet, resultamos eso mismo para muchos: meros búhos cuya misión es formar parte de una colección, pero cuyo valor individual para su "poseedor" es casi igual a cero. Yo ya ni me preocupo: me limito a ulular al respecto.