Consumidora pro nobis

Penas con letra impresa

Mi bilbaína amiga Nere, autora de una novela y casi de una tesis, me cuenta que animaba a su abuelo a leer algún libro cuando este no encontraba con qué distraerse. Él nunca aceptaba la propuesta y alegaba: "no, que me deprimo ahí sentado yo solo, en silencio, con tanta letra pequeña en blanco y negro".

Tres cuartos de lo mismo parecía pasarle a Fran Rivera cuando se separó de Eugenia Martínez de Irujo hace unos años: un teleobjetivo lo pilló sentado en el banco de un parque, solitario, leyendo un libro.  Al verlo, los periodistas mostraron en titulares y entradillas su preocupación por la salud psíquica y el tono vital del torero. ¿Por qué el muchacho, en la flor de su vida testosterónica, en vez de estar riendo con los amigos en alguna animada taberna o sacándole acordes a una guitarra de curvas femeninas en compañía de otros, estaba sentado en un parque, acompañado nada más que por un amasijo de papel con letra impresa? Debía estar grave para haber tenido que recurrir al libro, elemento melancolizador por antonomasia según los criterios de este país jolgorioso.

Nere, como vemos, no ha sido la típica astilla similar a su abuelo-palo, pero con estas ideas circulando por el aire ibérico, resulta tirando a difícil valorar a los profesionales cuyas tareas implican concentración silenciosa a largo plazo, es decir: escritores, artistas e investigadores. Temo que dentro de poco los que las ejercen en en España sean considerados meros nerds y, por lo tanto, relegados al ostracismo social. Y todo por ese horror vacui ante el silencio que se padece por estos lares. O por estos bares, que es decir casi lo mismo.