Consumidora pro nobis

Tecnofilia y tecnofobia

La columna de mi ilustre vecino de página Isaac Rosa sobre el libro digital (31 de mayo) me ha hecho pensar en cómo nos relacionamos con la tecnología. Cuento solo con 1600 caracteres, de ahí que asuma la imposibilidad de mostrar todos los pros y contras del e-reader y los dilemas que ya provoca en el sector editorial la llegada del libro electrónico. Me limitaré a decir que he visto y tocado uno y que soy fan de los que crearon la tinta electrónica, que hace olvidar la fatiga ocular propia de los que vivimos frente al ordenador. También aplaudo lo fácil que resulta cambiar el tamaño del texto: a mí, que ya me está llamando a filas la presbicia, me viene de perlas.

 

Me inquieta la ausencia de optimismo inicial hacia este u otros inventos por parte de muchos, su nula curiosidad hacia los beneficios que pueda traer consigo el e-reader, como los que ya trajeron el correo electrónico o google en su día. Obviamente, las grandes marcas están ahí detrás para sacar tajada, y eso es lo que debería de verdad irritarnos. Pero, en principio, la pobre máquina es inocente como mero soporte. Mi miedo hacia los tecnófobos viene al recordar a esos amigos que, durante años, se resistían a abrirse una cuenta de email, explicando el porqué con una sonrisilla que dejaba ver su orgullo ante su postura "auténtica". Hoy, en cambio, y tras caer finalmente en lo que ellos consideraban una trampa, son los máximos generadores de basura electrónica en forma de chistes y cadenas de mensajes que has de reenviar para que tu vida no se vaya a pique. Comprendo que se resistieran a la tecnología, si para ellos venía asociada con tales sandeces.