Consumidora pro nobis

Piticlín piticlín

Cada vez me ocurre con más frecuencia: en cualquier lugar público en el que suenen móviles, confundo el sonido de los teléfonos ajenos con el del mío propio, pues todos hemos elegido como tono de llamada el clásico ring ring que imita al del teléfono de baquelita de otras décadas.

 

Hace un par de años esta confusión apenas se daba. En bares, estaciones o aeropuertos se oían politonos por doquier. Cada usuario de móvil parecía tener el suyo personal e intransferible: fragmentos de sinfonías de Mozart, el aria del Toreador de Carmen, el No cambié de Tamara, el "cuñaao" de Risitas o incluso uno en el que los amigotes braman el nombre del dueño del aparato.

 

No sé qué es mejor, si decantarse por un soso y tradicional ring-ring para el móvil o elegir entre el despliegue de sonidos que imprimen carácter o te posicionan como erudito de la actualidad televisiva. Quizá lo primero ocasione infinidad de equívocos, quizá fomente nuestra fusión total en la masa gris de la colectividad, pero también es cierto que mediante esta tendencia se observa un cierto cansancio hacia el factor "lúdico" de aparatos que han de cumplir ante todo una misión práctica. Hay un deseo de volver a lo funcional. ¿Qué hace el perro? Guau, guau. ¿Y el cerdito? Oink, oink. ¿Y el teléfono? Ring ring. De repente, el pudor entra en escena: ya no queremos que nuestros compañeros de sala de espera aeroportuaria conozcan nuestros gustos y perversiones; mejor que no sepan que nos divierte ser considerados torpedos sesuales o fistros pecadores de la pradera, proferidos genialmente a chillidos por Chiquito a través de nuestros celulares.