Consumidora pro nobis

(Casi) todo a la carta


Sépanlo: se lleva el bulldog francés, un perro bajito, compacto, de orejas puntiagudas, ojos muy redondos y aspecto de venir pelín enfadado de fábrica, aunque sea solo mera apariencia y después resulte muy afable. Debo estar en la parra, pero es la primera vez que soy consciente de que una determinada raza de perro es tendencia. Entiendo que, cuando un producto manufacturado está de moda (como lo han estado a lo largo del tiempo los muebles de metacrilato, las botas de punta o el reloj-calculadora), tiende a fabricarse masivamente, de ahí que, por analogía, visualice a las bulldogs francesas pariendo a día de hoy como unas conejas, si se me permite el símil interanimal.

 

Parece lógico entonces que los siguientes en ponerse de moda sean ciertos formatos de retoño humano. En la adopción ya se pueden elegir algunas variables de lo que será el aspecto del futuro hijo, pero en los nenes gestados al modo papá-pone-una-semillita-dentro-de-mamá, por ahora no hay tu tía. Como ocurría en el vetusto concurso televisivo 1, 2, 3: si coche, coche, y si vaca, vaca. Si los progenitores tienen el pelo negro zaino, es bastante improbable, según las leyes de Mendel, que la criatura salga rubia platino, deseo máximo de cierto tipo de español acomplejado, al menos entre los que fueron padres en los setenta. Por el momento, conformémonos con elegir cómo llamarlos: las remesas de tamaras, jessicas y kévines ya quedaron atrás. Ahora llegan las albas, lucías y alejandros. Bienvenidos sean esos y otros nombres, que al menos no necesitan modificación genética alguna.