Consumidora pro nobis

El encanto de lo impopular

Husmeando en internet, doy con la web de una macrotienda de objetos para la casa y complementos para cualquier aspecto vital que se precie (relojes de pulsera, carritos de la compra, libretas, llaveros…), todos ellos clasificables como "de diseño". La página cuenta con su correspondiente apartado de novedades y con otra sección en la que aparece la lista de lo más vendido. Hasta ahí, todo normal, pero al seguir recorriendo la web me llama la atención poderosamente el enlace a "lo menos vendido", habilitado sin asomo de vergüenza por su parte. Nada más verlo pensé que habían cometido un grave error, como le ocurre al chico algo inexperto que, ante la chica que pretende conquistar, muestra todos sus defectos e insiste en lo desastroso de su carácter. Pero como el mundo del marketing va a años luz de los profanos, probablemente esa estrategia sea más bien similar a la del aparente desaliño y barba de dos días que lucen los expertos en materia de seducción.  

Aunque a primera vista no lo parezca, la medida es inteligente. Esa repentina confesión modesta de la tienda funciona como desafío, iguala a estos objetos con las mascotas encerradas en cajas de cristal y expuestas en los escaparates de las pajarerías: sus caras de pena nos generan una ternura exacerbada y un deseo inmediato de llevárnoslas a casa. Miro los objetos rebajados de la sección infravendida: cada uno es de su padre y de su madre. Hay una tetera, un puff, una correa para el móvil…: todo un catálogo de lo impopular y lo poco exitoso. ¿Por qué será que más que comprarlos, dan tentaciones de apadrinar a estas muestras del fracaso comercial?