Consumidora pro nobis

El mejor de los búnkeres

Imagínenme con una lira dorada y una capa roja: la versión femenina de un bardo que dedicase odas a lo que más aprecia. En esta ocasión elevaré un canto a las bibliotecas, un rosario de elogios a un lugar en el que, en esta época, se está mejor que en ningún sitio. Fuera de las semanas de llenazo total debido a los exámenes, las bibliotecas (públicas, universitarias, privadas…) son lugares muy a tener en cuenta para hacer altos en el camino. Si en verano permanecemos en la ciudad, no puedo visualizar muchos sitios mejores para un momento de ocio solitario diurno en el marco del paisaje urbano.

 

Pero mi filia hacia las bibliotecas no viene unicamente a través de la fascinación borgiana que supone tener al alcance cientos de libros y revistas, sino sobre todo gracias al elemento más destacable de esta clase de recintos: el silencio, un bien que, no dentro de mucho, se venderá envasado y a precios demenciales. Esto ya lo saben los artífices del iDTGV francés, un nuevo concepto de tren de alta velocidad, de ahí que ofrezcan en sus vagones el espacio "zen", que viene a ser un compartimento donde los móviles, y por ende las ruidosas conversaciones que tienen lugar a través de ellos, están prohibidos. El silencio es la norma: lectura, visionado de películas, sueño reparador… 

 

Parece claro que cualquier experto en técnicas de mercado con intenciones de hacer renacer el interés por la biblioteca entre los consumidores debería rebautizarla como "espacio", palabra que posee unas connotaciones de diafanidad y amplitud considerables, y aplicarle después el adjetivo "zen". Le auguro un gran éxito, y me aventuro a idear posibles eslóganes para el proyecto: "un espacio para oir tu voz interior"; "un espacio en el que estar a solas con las palabras". Si bien es cierto que algunos de los funcionarios que trabajan en ellas no parecen comprender que una de sus labores es la de difundir los fondos bibliográficos y no la de impedir su consulta, el espacio en sí ofrece grandes posiblidades. En muy pocos lugares es posible permanecer hoy en cierta armonía junto a otros seres humanos sin la urgente necesidad de hablar. Y además, se está fresquito.