Consumidora pro nobis

Frutos de la tierra

España es tierra de campechanos conscientes y orgullosos de serlo. Este apelativo, en principio totalmente libre de connotaciones negativas, cobra unos tintes inusitadamente incómodos para quien padece las conductas que van aparejadas a la versión más radical y militante de la campechanidad, cuyo lema preferido es "no comerse la olla", y cuya lucha contra la sofisticación del discurso es acérrima.

Lamentablemente, y como no podía ser de otro modo, existe una cara B de estas conductas contundentes y en pro de lo fácil: si bien los campechanos se suelen deshacer en sonrisas y a nadie le niegan una broma simpática, pueden ser simbólicamente muy agresivos con aquellos que mencionan referentes desconocidos para ellos. Suenan las alarmas antiaereas para el campechano cuando alguien pronuncia un apellido enrevesado extranjero sin hacer mil aspavientos, o cuando solicita algo más de precisión en los datos que se están manejando en la conversación, cansado el interlocutor de oir tautologías conformistas estilo "es que esto es como tó". Ahí emite el campechano su pequeña pulla, camuflada en el interior de un chiste facil y ofensivo cuyo blanco es el sujeto que hace tambalearse el suelo mullido de su doctrina anticomplicaciones.

Si la campechanidad ibérica solo fuese sinónimo de trato fraternal sin estiramiento, me sacaría ya mismo el carnet de socia, pero juraría que su ejercicio está a menudo endémicamente aquejado de una gran pereza mental que, en defensa propia, suprime la curiosidad y, quizá sin pretenderlo, trata de acallar la voz del otro. Líbreme Dios de esos campechanos, que de los snobs ya me libro yo.