Contraparte

¿Si hay empleo no hay Podemos?

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Isidro López  (@suma_cero) y Emmanuel Rodríguez ()
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Hace ya un año que el Banco Central Europeo lleva implementando un ambicioso programa contracíclico. Se trata de las políticas monetarias expansivas, conocidas como QE (del inglés Quantitative Easing) que han inundado de liquidez los mercados financieros. El objetivo declarado ha sido el de relajar la presión sobre las primas de riesgo, al tiempo que la deuda soberana dejaba de ser el nicho principal de beneficio financiero. No obstante, la expansión monetaria se encuentra con un inevitable problema de fondo: la ausencia de crecimiento, la languidez de las tasas de beneficio, la atonía de la economía europea. Estamos en medio de un problema clásico, secular dicen los historiadores económicos, de la era neoliberal. Y el único medio para afrontarlo hasta ahora han sido las burbujas financieras.

Tenemos el dudo mérito de que la estructura económica española está especialmente diseñada para ser una genial captadora de este tipo de flujos financieros que se despliegan en forma de burbujas, normalmente con base en los mercados inmobiliarios y turísticos locales. De hecho, parece que la actual recuperación consiste fundamentalmente en eso: desde hace un año la caída de los precios de la vivienda se ha detenido, sube con fuerza el precio de la vivienda nueva y comienza a repuntar el crédito hipotecario, al tiempo que el turismo se impulsa de nuevo como principal industria nacional. Madrid y las economías litorales son, otra vez, los centros geográficos del cambio de tendencia.

Cómo suele ocurrir en este tipo de situaciones ―de hecho es un efecto intencional de la subida de precios de la vivienda― la subida de los precios de la vivienda está desencadenando los llamados "efectos riqueza". Una parte no pequeña de la población se ha sentido por fin aliviada: al menos puede empezar a despredenderse de viviendas ―y con ella de las deudas asociadas― que sencillamente hasta hace bien poco no tenían mercado. Algunos serán capaces, incluso, de empezar a convertir su patrimonio en activos líquidos. Y estas masas monetarias son las que se están trasladando a la demanda agregada, concretamente a la demanda de servicios localizados en el territorio y no exportables. De este modo, el repunte en el sector de la construcción y en el mercado inmobiliario se rehace en ese saco económico indiferenciado que son los servicios.

Pero ¿tienen algo que ver las políticas públicas con esta recuperación? ¿Se acuerdan de las reformas estructurales que, según Rajoy, nos habían sacado de la crisis? En cierto modo la respuesta es afirmativa. Por ejemplo, la reforma laboral del PP funciona en un sentido procíclico. En la medida en que abarata los costes del despido, la contratación reacciona rápidamente a los ascensos de la demanda captando trabajo. La peculiar composición capital/trabajo del tipo de servicios que abunda en España (hostelería, distribución, ocio, turismo) hace que realmente haya un margen de contratación de trabajo realmente alto. Al mismo tiempo, la rotación en los puestos de trabajo se mantiene también en umbrales desconocidos en el resto de Europa. Por ejemplo, una misma cafeteria o tienda de ropa puede funcionar con tres o con veinte empleados dependiendo del contexto económico. Naturalmente, ser procíclico significa que al más mínimo atisbo de caída de la demanda, todo ese trabajo empleado en condiciones precarias será expulsado tan rápidamente como fue contratado. La peculiaridad de la economía española y de los ciclos inmobiliario-financieros es que la tasas de empleo y paro son extremadamente flexibles, y según parece lo serán aún más.

En definitiva, estamos ante una recuperación económica. Lo que tenemos que determinar es cuáles son las posibles lecturas políticas de la misma y sobre todo cuánto de consistente es este nuevo ciclo económico. Una premisa de partida: a pesar de que los síntomas y el funcionamiento sean parecidos a los de la gran época de expansión económica del ciclo 1997-2007, no parece que haya condiciones para una repetición del proceso en la misma escala. Algunos elementos   señalan que la actual recuperación económica tiene los pies atados, muy atados. Por empezar con algunas claves domésticas, los niveles de endeudamiento heredados son gigantescos y todavía llevará mucho tiempo dotarlos de capacidad para soportar las tasas de endeudamiento que requiere un proceso de este tipo.

A escala internacional, la Unión Europea sigue siendo incapaz de orientar su economía hacia el crecimiento, que debería pasar por una inversión de los polos exportador e importador dentro de Europa, esto es, por la expansión del gasto público y los salarios en Alemania.  Los contextos de austeridad en Europa, y la ceguera Alemana para cumplir su misión hegemónica, impiden que el sector público supla y/o amplíe las dinámicas de burbuja financiera. Por si esto fuera poco, el único polo de crecimiento que rompía temporalmente con los límites estructurales del capitalismo neoliberal, China, parece que se está resquebrajando. Ayer mismo, conocíamos el crash de la Bolsa de Shangai. China presenta ya los mismos problemas de sobreproducción que el resto de contextos económicos regionales. Y, aunque el gobierno chino tiene mucha más capacidad de intervención en las finanzas que otros gobiernos capitalistas, todo apunta a un escenario de crisis "a cámara lenta" pero sin evitar la caída. Para terminar, la gran ola de bajada de tipos animada por la FED en 1995 no se va a repetir en unos contextos monetarios que ya parten de tipos casi negativos. Antes al contrario, la FED ya ha anunciado una posible subida de tipos.

¿Qué significa todo esto para el gobierno del PP o su posible alternativa socialista? Dos cosas principalmente. La política de QE ha dado un notable respiro a la economía española, una relativa sensación de alivio que se ha manifestado en la recuperación del empleo precario y en la activación del mercado inmobiliario. Conviene entender que desde el punto de vista político, los "efectos riqueza de origen inmobiliario" son, en España, el fenómeno económico sobre el que se constituyen las clases medias, entendidas en un sentido político como los estabilizadores del régimen político. Todo ello ha logrado sacarnos de la situación de urgencia que parecía deslizar al país a una caída a la griega.

No obstante, y este es la segunda consecuencia, los datos apuntan a que esta recuperación es temporal, un parche en medio de una crisis sistémica sin solución consistente. El PP, apoyado por la Unión Europea, gana así algo de tiempo a costa de prepararnos para una nueva explosión económica o al menos para una larga década de estancamiento. Mientras tanto, y con esta perspectiva, la receta es clara: política democrática, igualitaria y antiausteridad.