Opinion · Contraparte

Caos y orden en Podemos (y Ahora Madrid)

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Pablo Carmona Pascual (@pblcarmona)
Concejal de Ahora Madrid

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En estos últimos días hemos asistido a la enésima batalla a brazo partido dentro de Podemos. A medio camino entre el sainete y un thriller de terror e intriga política, al estilo de Juego de tronos, este nuevo episodio bélico ha comprometido, otra vez, a las distintas familias políticas que rodean a Manuela Carmena. No repetiremos aquí la secuencia ya conocida de los seis concejales de Podemos que han decidido no participar en las primarias de su organización y que han sido fulminantemente suspendidos de militancia en su partido.

En todo caso, nada de lo sucedido se puede entender, si no nos remontamos al pasado mes de septiembre, cuando Carmena anunció su candidatura y su nueva plataforma ciudadana, la conocida como “participadaria“. Desde es momento, salvo quienes aún buscaban salvar los trastos con más voluntarismo que ideas propias, supimos que Manuela había decidido prescindir y ningunear a Podemos como fuerza política organizada, al igual que había hecho previamente con otras organizaciones sociales y políticas, como Ganemos o IU. Manuela, una vez más, imponía su voluntad.

Con cierto aire jocoso, algunos dimos el nombre de Carmenazo a aquellas declaraciones. Al contrario de lo que se dijo en aquellos días, Manuela instauró junto a los suyos la idea de partido unipersonal, mientras el resto de los compañeros de viaje serían llamados “por deferencia” a integrarse en las listas de Manuela, y de paso organizar de todo el proceso de campaña. Casi todo el mundo asumió así una peligrosa premisa, la victoria en Madrid dependía de estar a la sombra de Manuela Carmena, reconociéndola como el único actor capaz de ordenar la situación y llevar a la victoria de 2019.

Podemos aceptó a regañadientes el designio de la alcaldesa, pero ideó bajo cuerda una nueva estrategia para influir con una posición propia en el proceso de conformación de la candidatura. Todos los concejales morados que se presentasen con Manuela Carmena a las elecciones de 2019 debían pasar por unas primarias, como siempre hace Podemos. Estas primarias y su planteamiento de fondo entraban, sin embargo, en una enorme contradicción con la idea de la alcaldesa. Manuela obviamente no iba a aceptar el resultado de las mismas. Las personas elegidas de Podemos para su lista de 2019 sólo podrían ser las ya decididas y anunciadas por ella misma.

Para Pablo Iglesias, el Carmenazo planteaba una difícil encrucijada. Las primarias se habían convertido en un reto imposible de solventar dignamente sin un enfrentamiento directo y a plena luz del día con la alcaldesa. Podemos debía hacer coincidir los resultados de sus elecciones internas con los deseos de Manuela. De lo contrario, se entraría en un escenario de enfrentamiento abierto. Y esto es lo que ha sucedido. Aquellos compañeros y compañeras adscritos a Podemos debían elegir entre aceptar el riesgo de no ser elegidos por su organización en primarias o apostar por la carta segura de entrar por designación directa. Naturalmente decidieron lo segundo. Y es que las carreras personales a la sombra de Manuela han podido mucho más que la aceptación de la reglas colectivas de juego. Punto y final.

Más allá, no obstante, de este último episodio del juego de la silla debemos analizar qué nos ha llevado hasta aquí. La candidatura de Ahora Madrid se conformó con un enorme aparataje de obligaciones colectivas: código ético, reglamento económico de donaciones, documento de compromiso con el programa, estructuras organizativas en barrios. Una por una, sin embargo, todos estas premisas han ido saltando por los aires. Así se ha ido imponiendo la idea de que ninguna estructura o compromiso colectivo debían atar a la alcaldesa, así como tampoco a su equipo de gobierno. Podemos participó alegremente en el desmontaje de todos estos mecanismos de check and balances, alentando los incumplimientos del programa y de cuestiones tan esenciales como el código ético. La expectativa de Podemos y también de la alcaldesa era muy clara: poder quitarse de encima a los sectores más movimentistas de Ahora Madrid representados por su compañero de viaje, Ganemos Madrid, y constituir a futuro una nueva candidatura despojada ya de todo lastre. Podemos apostó así al carmenismo y a la posibilidad del partido de Manuela.

Naturalmente, la propia acción de Manuela iba a ir mucho más lejos del tutelaje de Podemos. Desde 2016, los de Pablo Iglesias han visto cómo poco a poco sus concejales (los concejales de Podemos), que entraron en el gobierno de Ahora Madrid, se han ido arrejuntando en torno a la figura de Carmena, al tiempo que dejaban de lado toda disciplina de partido. En este año 2018, Podemos se ha percatado, al fin, de que ha dejado de tener concejales que rindan cuentas a nadie más que a la propia alcaldesa.

Muchos interpretaron en septiembre que el anuncio de Manuela iba dirigido a quitarse de encima a los concejales más díscolos. Sin embargo, el objetivo principal de Carmena era quitarse también de encima a Podemos. Todos los sectores directamente atacados por el decreto unipersonal de la alcaldesa aceptaron el golpe de mano a regañadientes. Su única posibilidad, también la de Podemos, pasaba por tratar hacer más abierto y diverso el proyecto que planteaba Manuela. Por la vía de los hechos consumados, la derrota de esa interpretación ha sido aplastante.

Más allá de estos juegos tácticos entre partes, la pregunta que urge responder es ¿qué hacemos ahora? Mientras las guerras de poder se suceden en el Palacio de Correos, la realidad es que aquellos sectores que más activamente crearon y empujaron el proyecto municipalista y que construyeron su programa, han dejado de creer mayoritariamente en Ahora Madrid. El ritmo del desencanto por la inacción (más que acción) de Manuela Carmena en materia de vivienda, defensa del patrimonio, remunicipalizaciones y control del desarrollo urbanístico, sólo es comparable con el aluvión de críticas que distintos movimientos sociales han ido planteando al actual gobierno.

Por este motivo se hace urgente construir un nuevo proyecto municipalista que discuta sobre el actual modelo de ciudad y que se ponga a trabajar desde ya en esta dirección. No podemos entretenernos más en el reparto de listas, sillones y cargos, debemos superar cuanto antes el estado de decrepitud que vive el bloque del cambio en esta ciudad. Para ello debemos reconocer que los desahucios de familias vulnerables en viviendas muncipales de la EMVS, la Operación Chamartín o la destrucción patrimonial y especulativa, con las divisiones políticas que todo ello conlleva, no son más que el síntoma de una política cada vez más plegada al continuismo con los gobiernos del PP. Al mismo tiempo, debemos recorrer nuevos caminos que nos permitan reconocer la nueva realidad social y política que se está imponiendo en nuestras ciudades. El racismo, la precarización crítica de muchas familias o la falta de políticas de vivienda hacen necesario repensar un proceso que diseñe políticas urbanas complejas y destinadas a las mayorías y a los sectores más vulnerables.

Lejos de los llamamientos a la unidad vacía de programa y a la obediencia debida, se trata de recuperar un debate político sin chantajes. Conviene recordar aquí que los grandes gobiernos de izquierda en distintas ciudades y regiones europeas no cayeron por la falta de unidad, sino por llevar adelante las políticas de la derecha neoliberal. Sin programa y sin obligado cumplimiento del mismo, sin pensar en la diversidad y la unidad en torno a una idea de ciudad, sin mecanismos colectivos de control y contrapoder o sin movimientos que empujen y pongan en cuestión las políticas que se desarrollan, sólo nos quedará el liderazgo mediático de Carmena, las jerarquías cerradas y la lealtad ciega. Esto es lo que hoy tenemos en Madrid. Y es en definitiva la peor política que podíamos esperar después de mayo de 2011 y la experiencia de creación colectiva de mayo de 2015.