Opinión · Contraparte

¿Para qué sirven los concejales “díscolos”?

Montserrat Galceran
(Concejala de Ahora Madrid y candidata de la Bancada a las primarias de Madrid En Pie Municipalista)

Si quien responde a esta pregunta es la cabeza de una candidatura, Manuela Carmena sin ir más lejos, la respuesta es rápida y contundente: mejor prescindir de concejales díscolos que no hacen más que poner trabas a la acción de gobierno. Esta debe fluir sin complicaciones, de la cabeza a los pies. Los concejales, especialmente los de distrito, son esos pies: anclados en el territorio, canalizan las demandas y construyen un parapeto para que lleguen convenientemente filtradas a los centros de decisión. Los administrados son mantenidos a raya y contenidos en sus expectativas.

Y sin embargo los concejales contestatarios son imprescindibles. La dinámica del poder, especialmente si se actúa desde el gobierno, provoca un efecto letal de ensimismamiento. Uno sólo está rodeado de aduladores y, aunque recibe fuertes críticas, provienen de los contrincantes políticos por lo que tiende a desvalorizarlas. Cuánto más alto sea el narcisismo de las personas –y los líderes y lideresas suelen tener un ego desproporcionado– mayor será su efecto. Se habla del “síndrome de La Moncloa” y habría que hablar también del “síndrome de Cibeles”.

Los concejales díscolos no comparten ese “culto a la personalidad”, lo que es una de las razones de su ostracismo. Rápidamente se les acusa de deslealtad y de traición; ningún poderoso o poderosa acepta que su palabra o su decisión sean puestas en cuestión. Por eso es fundamental la existencia de procedimientos democráticos internos reglados, cuya falta en Ahora Madrid ha sido una de las razones de nuestro descalabro.

Hay otra cuestión más de fondo: el efecto de ensimismamiento de los gobernantes va unido a la ruptura de los lazos con los movimientos y colectivos que hicieron posible el éxito electoral. En Madrid esa ruptura se consumó el primer año de gobierno con la obsesión de que teníamos que “gobernar para todos” y atenernos a las reglas dadas. ¿Qué hacer entonces?

Algunos concejales y concejalas no nos resignamos y probamos a experimentar otra forma de hacer política institucional desplazando las fronteras de modo que la administración local , en vez de ser el último eslabón del aparato estatal, el que territorializa las políticas diseñadas más arriba, sea el primero que introduce los conflictos ciudadanos y sus agentes directos en el aparato estatal. Desde el área de Hacienda se promovió una política expansiva en lo económico –desafiando inclusive las órdenes del entonces ministro del PP, Sr. Montoro– que enfrentó radicalmente la práctica constante del endeudamiento –sin inversiones sociales–. Eso nos ha permitido revertir la situación económica en la ciudad, consiguiendo superávits que han aumentado la inversión. Frente a la inacción del área competente en la materia, en algunos distritos se inició una política contra los desahucios que los frenara y ofreciera alguna iniciativa, por precaria que ésta sea, en espera de poner en marcha un programa ambicioso de construcción de vivienda pública.

Nos negamos a secundar las operaciones urbanas especulativas como la Operación Chamartín, ofreciendo alternativas que no entreguen la ciudad a los grandes inversores y planteando modelos alternativos. Intentamos, aunque no siempre lo hayamos conseguido, mantener un contacto vivo con los gobernados/as con fórmulas reales de participación directa. Hemos mantenido también la coordinadora de Ganemos que provee un mínimo espacio de debate crítico.

Ahora bien, dado que todo el sistema está organizado para no poner en cuestión los intereses de los sectores dominantes en la ciudad, grandes promotores inmobiliarios y grupos financieros incluidos, mantener la lealtad hacia ellos imposibilita hacer la política a las que nos habíamos comprometido. El programa no se podía cumplir, no porque careciera de realismo, sino porque nos enfrentaba a esos grupos de presión, aunque nuestros votantes nos hubieran elegido para ello.

La cuestión de la vivienda es prueba fehaciente, así como el mantenimiento de las grandes operaciones inmobiliarias como el famoso caso del TPA, las cocheras de Cuatro Caminos o la Operación Chamartín. En estos casos el voto díscolo es primordial porque muestra que al menos, no todos los concejales han sucumbido a la seducción del poder y que, en consecuencia, se mantiene abierta la posibilidad de que la entrada en las Instituciones no arruine las movilizaciones. Esos concejales mantienen la coherencia del proyecto y sostienen abiertas las puertas para una transformación democratizadora de la institución más allá de la obediencia debida y del juego de partidos. De hecho éste es el problema: la llegada a las Instituciones debía ser un acicate para que la movilización ciudadana consiguiera sus objetivos, no una tumba para ella.

El municipalismo que se está organizando en pueblos y ciudades en la red municipalista ofrece una alternativa creíble a la que Madrid En Pie Muncipalista se ha sumado. Responde al convencimiento de que los espacios municipales son una arena de conflicto, un espacio atravesado por los problemas contemporáneos. Como señala el feminismo del 99% la reproducción social se está viendo amenazada por un sistema que sólo busca la rentabilidad económica pero que es incapaz de asegurar la viabilidad social, inclusive el mantenimiento de la especie y de su entorno. Las mujeres no podemos asumir reparar constantemente los desgarros producidos por esta dinámica. Tampoco las ciudades y los entornos locales. El municipalismo democratizador es la única forma de que las innovaciones se cuelen en aparatos refractarios a ellos como son las instituciones de gobierno. El municipalismo del 99% es nuestra respuesta.

Este municipalismo es a día de hoy una vía de innovación y de experimentación institucional. No rompemos con la representación cuando nos presentamos a las elecciones, pero marcamos una diferencia: no somos un partido político, no somos un grupo de fans de un líder o lideresa, somos un grupo de personas pre-seleccionadas en unas primarias proporcionales, expresión de la heterogeneidad de la población.

Nuestro programa parte del análisis colectivo de los problemas más candentes de la ciudad; en lugar destacado la cuestión de la vivienda y el rechazo de las operaciones especulativas, la defensa del espacio ciudadano, la protección de los “comunes urbanos”, o sea espacios colectivos autogestionados. Entendemos que hay que actuar en una cooperación virtuosa con los movimientos sociales y con las plataformas de afectados de modo que la institución local sea una palanca más de transformación social. Partimos de la existencia de una población activa que nos necesita y a la que necesitamos. Apelamos a ese 99% que quiere construir unas instituciones locales más cercanas y participativas en las que pueda cogestionar los problemas que la afectan. Sabemos que es difícil pero no imposible. Lo intentamos y salió mal. Es cuestión de volver a intentarlo.