Posibilidad de un nido

El consentimiento no es íntimo

Cartel en una manifestación del 8M. EFE
Cartel en una manifestación del 8M. EFE

"Consentimiento" significa "expresión y actitud con la que una persona consciente permite o acepta algo". Se trata de un concepto jurídico que en los últimos tiempos nos hemos visto obligadas a asumir e incluso a defender. Obligadas porque (solo en España, y particularmente en gran parte del Poder Judicial) son millones los hombres y mujeres (para empezar los más de tres millones votantes de VOX) que opinan que basta con que la mujer no se niegue para que la violación no sea tal. Baste recordar "manadas" como la de Manresa: Un grupo de violadores fue condenado por la Audiencia de Barcelona no de violación, sino de abuso. Como la víctima se encontraba "en estado de inconsciencia", no pudo decir NO a la violación grupal. O sea, que no se opuso. O sea que no hubo violación.

Tiemblo de rabia y miedo.

Nos hemos visto obligadas a admitir íntimamente como bueno el concepto de "consentimiento" por la cantidad de hombres y mujeres violentos que quizás esconden en sus conciencias de brea escenas protagonizadas por ellos mismos o de cuya ejecución han sido testigos; hombres acostumbrados a pagar para violar a mujeres, algunas de ellas menores, la mayoría esclavas, la inmensa mayoría puestas ahí precisamente para que energúmenos como ellos paguen a cambio de violarlas.

La Ley que podríamos llamar del "Solo sí es sí" ha desatado miles y miles de mofas en las que incluso políticos en activo rebuznan la necesidad, a partir de ahora, de que haya que "firmar un contrato sellado para follar". Las risas contagiosas de los imbéciles han cundido en las redes sociales y de ahí han saltado a la calle. La calle, donde se multiplican los hombres jóvenes que consideran la violación múltiple como una forma de ocio y la contratación de una mujer para violarla, una forma de comprar cocaína llegadas ciertas horas de la noche.

Por eso hemos tenido que hacer nuestra y popularizar la palabra "consentimiento", la idea de consentir como algo deseable, sacarla del ámbito de lo jurídico y remitírnosla al de lo íntimo y lo social, facturada con el sello de las ideas irrefutables.

Qué desastre.

Según la RAE, "consentimiento" significa "Acción y efecto de consentir". Y "consentir" significa "permitir algo, condescender en que se haga". No sigo con lo que significa "condescender" porque no hace falta.

Tolerar, de eso se trata.

En resumen, que para consentir algo, o sea para que medie consentimiento, el objeto de tal acción debe resultar, al menos, molesto. Cuando consientes una acción, en ese acto va implícito que no te gusta o que no te apetece. Algo así como un "bueno, veeenga...".

De esta forma, un término evidentemente negativo se ha ido convirtiendo en lo contrario, en algo que celebrar. ¡Y claro que jurídicamente la necesidad de consentimiento es una buena noticia! Pero no así la forma en la que vamos asumiéndolo en el terreno íntimo o social. Cuando consientes un gesto o acto, fuera del ámbito jurídico, es porque pese a que no te apetece o no te parece bien, no encuentras razones para una negativa tajante, así que decides soportarlo.

En asuntos sexuales, que son los que nos ocupan, vendría a retratarse muy bien con la siguiente imagen, bastante extendida en mi juventud: Un hombre folla con una mujer (a una mujer) con unos esfuerzos e insistencia que le hacen sudar, mientras ésta, distraída, se mira las uñas o repasa la lista de la compra.

Eso es, al margen de los términos jurídicos, el consentimiento, y convierte a la mujer en sujeto no solo pasivo sino paciente de la sexualidad.

O sea, que podemos follar juntos, puedo follar contigo, pero "consentir" que me folles será algo que no te va a suceder. Y cuya sola mención deberíamos desterrar a los términos de una Ley que, dicho sea de paso, agradezco en lo más íntimo.