Posibilidad de un nido

Idiotas contra el deseo, contra el amor

En la habitación más alta de una pensión de Tarifa dos personas se abrazan. El sol salado que les ha picado durante todo el día va abajando. Han sudado y volverán a sudar. Ahí, entre esas cuatro paredes. Si se irguieran, desde el ventanuco podrían contemplar una raya de mar. Una de ellas se ha visto en el cuerpo de la otra, allí estaba, ha trepado por aquella piel hasta dar con la alegría de la infancia, se la ha colocado en la boca y con la impudicia del último jadeo, lentamente, la ha depositado en los labios que tenía ante la cara. Toma, esto soy porque esto era. Nota cómo aquello entregado crece en un cuerpo semejante y allí germina.

En ese mismo instante, 600 kilómetros al norte, en el salón de la vieja casa de Albarracín, dos personas se lanzan sobre el sillón por el que han pasado tres generaciones, han pasado el hambre y también la alegría de varios nacimientos, han pasado fiestas de navidad y varios lutos. No pueden esperar a llegar a la alcoba del primer piso. Tal es la urgencia que tira de sus cuerpos hacia lo más hondo de sí mismos. Se entrelazan allá abajo, entran, entran, entran, toman impulso y salen disparadas hacia un atardecer que sin duda les despertará el apetito, otros apetitos, quién sabe.

Aún no han salido la una de la otra, cuando, 400 kilómetros al noreste de ese punto, en una pequeña cala de Tossa de Mar, dos jóvenes emergen radiantes hacia la orilla como solo refulgen los primeros descubrimientos. Avanzan agarrados de la mano. Completamente desnudos, se sientan sobre una roca sin mirase y su felicidad altera la modorra de las lagartijas. Después usan los dedos, las lenguas, las pelvis, hasta los pómulos usan para encender un fuego que les permita mirarse sin perder detalle ahora que ya cae la noche.

Que ya va cayendo en Tossa, en Albarracín, en Tarifa.

Con toda seguridad, esas seis personas ignoran que en el centro del país del que han perdido la constancia, una mujer enjuta usa la idiotez para condenar esas celebraciones del sexo, del encuentro, del amor, la gloria de los cuerpos que se reconocen y devuelven la vida a la vida, usa una idiotez de monja rica para ensuciar la dicha con la palabra delito, con la palabra bandera, con su pacata ignorancia anhelante de monedas que saben a metal sobado.

Sin embargo, esa mujer, perteneciente a un grupo siniestro llamado Asociación de Abogados Cristianos, no lo conseguirá. La basura que vomita sobre aquellos cuerpos desparecerá calcinada por el divino calor de quienes alimentan la vida mucho antes de alcanzar a rozarlos.