Posibilidad de un nido

Silencio, privilegio y lectura

La Gran Vía madrileña completamente vacía.- EFE

En la casa se va posando el silencio como una capa invisible de polvo de arroz. Es el mes de julio. Los niños han marchado con los abuelos o con las exparejas, a pueblos de los de aquellos tiempos, y una se queda sola. Todo entonces empieza a suceder despacio. El paso de las horas, el manejo del alimento, la forma en la que te desplazas por un espacio habitualmente en movimiento y ahora semejante a la casa de algún antepasado de cuyos muebles has retirado las sábanas.

Empieza en julio un tiempo que sí, sigue siendo laboral, pero se me llena de libros, poder oír por fin el sonido de la página al pasar y que ese sea todo el sonido. Un tiempo que tiene aroma de té frío, sandía y cilantro.

Afuera, la ciudad se reseca. Acumula tantos años de ponzoña que ni moscas tiene su verano. En los barrios donde no hay turistas, una podría incluso pensar que las cosas permanecen como antes de que la vida se nos acelerara, mientras la realidad paralela de las pantallas pierde su boba importancia precipitada y algunos asuntos relevantes allí empiezan a dar risa o dan vergüenza.

Recuerdo cuando aún tenía vacaciones, hace más de una década. Entonces rescataba con una melancolía petulante la idea del veraneo, esa costumbre que consistía en trasladar a la familia entera a algún lugar del interior rural o de la costa donde dejar pasar el tiempo entre siesta y siesta, celebraciones patronales, fiestas de pueblo, cenas al aire libre.

El veraneo es lo contrario de las vacaciones. Ya nadie contempla la posibilidad del veraneo, y las vacaciones han ido quedando para los funcionarios y una población cada vez menor de contratados con posibles. Hay quien llama vacaciones al tiempo que media entre un contrato y el siguiente. Ah, pero si nadie te las paga, no son vacaciones, hay que buscar nombre a ese tiempo de aturdimiento que se va vaciando de monedas.

Sin veraneo, sin vacaciones, me siento una privilegiada por partida doble. Tengo trabajo. Permanezco en Madrid porque durante los meses de julio y agosto alguien va a pagarme por dedicar una parte de mi tiempo a aumentar su riqueza. Bien está si nuestro trato es justo. Trabajar a cambio de un salario digno, que no abundante, es uno de los mayores privilegios hoy, o sea asunto de minorías. El otro descansa sobre esta forma de ya no correr y poder estar sola. No tener que cuidar constantemente de una, dos, tres o más personas, ese otro trabajo.

Cuando comento en voz alta que tampoco este año tendré vacaciones, la personas a mi alrededor simulan un pesar que no creo que sientan. Pero se ven en la obligación de simularlo. Me gustaría contarles la felicidad de estos pequeños privilegios por los que pienso pasar el paño del hilo más fino cada mañana, ese único momento con un resto de fresco.

Pero es que además leeré sola, en silencio, sin necesidad de levantar la vista, de dar respuesta, de atender asuntos extraños a los de mi libro. Qué poco se ha hablado de los libros ahora que por fin nos han abierto la puerta del corral. Los bares, los comercios, las terrazas, los trenes, las piscinas, eso que llaman "segundas residencias", incluso las discotecas. Sin embargo, ahí están los libros. En las librerías, y también en las bibliotecas. En cada uno, un viaje, un yo distinto, la posibilidad de dar un estirón. ¡Incluso la belleza!

Pienso en las familias que permanecerán en este sofocante verano urbano apiñadas en minúsculas viviendas colgando de un desahucio, en habitaciones, temblando de pagos por satisfacer. Pienso en las bibliotecas como lugar de veraneo para las criaturas, la de cosas que se podrían haber imaginado con eso para ellos. Pienso también en los libros por los que nadie mueve un dedo, todos esos mundos donde escaparse un rato.

Además, tengo la inmensa suerte de poder escribirlo.