Posibilidad de un nido

Ayer amé de nuevo y fui feliz

A oscuras. Estas cosas acostumbran a hacerse a oscuras, y se sabe. Pero es que además ayer, a oscuras, lloré de emoción y de risa. Y fui feliz. Yo, de natural intensa y militante, me pude refugiar en una de esas intimidades placenteras que me salvan, en los cuerpos de otros, en su inteligencia y sus respiraciones. Voluptuosidad. Me salvan de mí misma y de esta realidad telarañosa a la que nos han dejado pegadas, pegados.

Ah, pero ayer volví a amar. Lo hice con la entrega que todo amor merece, dejándome ir, entregándome a fondo, a carcajadas y con miedo a que el encanto se rompiera. Son tan pocas las veces, últimamente, que nos tiembla el misterio, que tengo que contarlo.

No sé si usted ha amado alguna vez de esa manera. Espero que sí. Espero que, si no, lo intente. Es un tipo de amor que agita lo que somos y, de repente, aquello que llamamos actualidad, los asuntos de los telediarios y tertulias, la falta de recursos, el miedo a los contagios, la idiotez de políticos, la vulnerabilidad del cuerpo, desaparecen. Ya no están. Tan nada parecen que su ausencia devuelve aquello que nos late.

Yo ya conocía el lugar. Me gusta cuando se queda a oscuras. Ya lo he dicho, estas cosas suceden a oscuras, y se sabe. Los cuerpos de los otros, de las otras, brutalmente presentes, ahí mismo. Puedes ver cómo la gota de sudor recorre la mejilla, qué gozada. Su movimiento es tuyo y hacia ti lanzan la voz que a ratos es susurro y otros jolgorio ebrio y elevado. Su piel es tu piel. Su jadeo, el tuyo. El lugar es sustancial. Los dorados y los terciopelos, el ligerísimo polvo de memoria suspendido en el aire. Respirar el hueco de los cuerpos que por ahí han pasado década tras década. Eso es.

No podemos, no debemos abandonar esas costumbres. Van desapareciendo las cosas cultas y compartidas. Siempre hay alguna excusa para no dejar que vayamos hasta ahí, impedir que se apaguen las luces, que el cuerpo sea gozo y viceversa. Porque nos modifica.

Después de ese acto de entrega, salí siendo ya otra. De eso se trata.

Ayer volví al teatro, al Teatro Español de Madrid. Sobre el escenario, Jorge Usón y Carmen Barrantes entregaron el cuerpo. Allí estaban, allí sudaron, temblaron, berrearon. Lo hicieron hacia mí, voyeur gozosa desde mi oscuridad en carmesí. No hay nada comparable. Ayer volví al teatro. La obra se llama Con lo bien que estábamos (Ferretería Esteban), escrita y dirigida por José Troncoso. Pero jamás he sido lectora de críticas. Yo no quiero contar aquí de qué va la obra ni cuál es su andamiaje. Necesito dejar por escrito el acto culto que suponen solo tres cuerpos, los de Usón y Barrantes más el pianista Néstor Ballesteros entregados al arte de amar y ser amados. Solo eso.

Sucede con los teatros y con las librerías, los cines y salas de conciertos, los museos y las galerías, con los espacios donde el acto artístico y la creación se ofrecen y una está ahí para salir distinta. Qué gozada.

Vayan al teatro. No se queden pegados en la triste telaraña de los que no aman. Vayan a librerías, a conciertos, museos, cines. Vayamos todas, todos, para que nadie impida que la transformación suceda. Lo contrario es dejar de crecer. Lo contrario es no amar. Lo contrario es permitir que la barbarie se instale y ya creamos que existe solo eso.

Ayer volví al teatro. Fui feliz.