Posibilidad de un nido

¿Tienes la certeza de que el mes que viene trabajarás?

Varias personas esperan en la fila para recoger alimentos proporcionados por la Asociación de vecinos de Aluche. EFE
Varias personas esperan en la fila para recoger alimentos proporcionados por la Asociación de vecinos de Aluche. EFE

¿Tienes la certeza de que el mes que viene, incluso la semana que viene, tendrás trabajo?

Me refiero a certezas, al convencimiento sin fisuras, no a lo que crees o lo que te parece que sucederá, sino a algo de lo que no tienes ninguna duda.

¿Tienes la certeza de cuánto cobrarás por ello?

¿Tienes la certeza de que el mes que viene o al siguiente podrás pagar el alquiler o la hipoteca?

¿Tienes la certeza de que, habiéndolo pagado, podrás comer carne o pescado en algún momento?

¿Tienes la certeza de que no te cortarán el agua, la luz o el teléfono en los próximos tres meses?

¿Tienes la certeza de que tus hijos, tus hijas, irán a clase el mes que viene?

¿Tienes la certeza de que, en caso de haberlo decidido, tendrán acceso a unos estudios universitarios, sean o no los deseados?

¿Tienes la certeza de que la educación que les proporciona esta sociedad les permitirá trabajar y ganarse la vida?

¿Tienes la certeza de que, si alguien en la familia enferma, encontrarás la atención médica necesaria inmediatamente?

¿Tienes la certeza de que, en caso de morir, tu familia podrá permitirse un sepelio digno?

¿Tienes la certeza, en fin, de que mañana podrás tener aquello que considerabas una vida en condiciones?

Yo no. Así de simple. Yo soy lo que podríamos llamar una ciudadana privilegiada y no tengo ninguna de esas certezas. Ninguna.

Esta situación no es fruto, como queremos creer, de la pandemia causada por el llamado Coronavirus. Es fruto de una intención política, de una construcción política en absoluto inocente.

Vivimos mal.

Vivimos mal en unas circunstancias económicas, sociales y culturales en las que deberíamos vivir bien, muy bien, unas circunstancias en teoría envidiables. Sin embargo, nos han ido eliminando todas esas certezas que son la base de aquello que llamábamos, oh idiotas, bienestar. Y sí, éramos idiotas, pero hemos ido aportando gran parte de nuestro esfuerzo y el fruto de nuestro trabajo en que así sea. ¿Dónde está? ¿Dónde está todo aquello que cada mes y en cada gasto aportamos al sistema, a cada gobierno, al Estado, para que nos garantice ese puñado de certezas en justa contrapartida?

En realidad, vivir bien consistía sencillamente en eliminar las anteriormente citadas incertidumbres. No eliminarlas como quien recibe un regalo, sino fruto de la contribución económica, familia a familia, individuo a individuo, para que fuera así.

Sin embargo, han dedicado nuestras aportaciones económicas a crear una forma penosa de existir, un círculo vicioso en el que no podemos dejar de pagar a cambio de que nuestra vida sea cada vez más complicada, cada vez menos vida.

Se trata de eso, de convertir nuestros impuestos en incertidumbre, o sea en malvivir.

Cada contribuyente paga en España cerca de 6.000 euros por ejercicio sólo en concepto de IRPF, exactamente 5.942 según figura en los últimos números del Ministerio de Hacienda, correspondientes a 2018. ¿Qué recibe a cambio? ¿Qué está recibiendo a cambio en este momento? Malestar. O sea, incertidumbre, que es la base de todo malestar y malvivir.

Ah, pero cabría la posibilidad de dedicarlo, haberlo dedicado a lo contrario. No tú, no nosotros, sino aquellos y aquellas que tienen la responsabilidad de decidir cómo se invierte el capital común. Han decidido lo contrario. Ahora, una pandemia que son incapaces de gobernar lo ha puesto en evidencia. Y es tal la evidencia que responden doblando su apuesta. Si  ya era difícil vivir, ahora se ha convertido en un infierno.

La pregunta es por qué los gobiernos –cuyo ejemplo palmario es el madrileño– construyen una sociedad en la que cada vez es más complicada la existencia, en la que para la mayoría vivir resulta un ejercicio insoportable. No tengo la menor duda de que su objetivo es sacar rédito político.

Entonces, la pregunta cambia: ¿por qué se lo permitimos?