Posibilidad de un nido

A mí tampoco me apetece ir a la mani

El portavoz del Sindicat de Llogaters, Jaime Palomera, responde a los medios en los pasillos del Parlament catalán, en Barcelona. E.P./ David Zorrakino
El portavoz del Sindicat de Llogaters, Jaime Palomera, responde a los medios en los pasillos del Parlament catalán, en Barcelona. E.P./
David Zorrakino

Cuando leí ayer que la Fiscalía pedía 9 años de cárcel para Jaime Palomera, portavoz del Sindicat de Llogaters y dos inquilinos que protestaron me entraron unas ganas tremendas de echarme a la calle. Ellos sí lo hicieron, salieron a la calle, y por eso les piden cárcel.

Muchas veces, y espero no ser la única, la realidad me pulsa el resorte de la protesta y saldría como una loba a rebelarme. Por ejemplo, con cada asesinada por razones de violencia machista, con cada suicidado frente a su desahucio, con cada asesinada o asesinado por motivos racistas, con cada anuncio de un recorte de lo público, con cada acto fascista, y así. Se trata de una reacción en caliente que, cuando sucede de forma espontánea y junta a cientos o miles de personas, resulta espectacular y es una respuesta de la sociedad dañada, violentada.

Sin embargo, la inmensa mayoría de las veces las manifestaciones, concentraciones y otros actos de protesta están planificados. Planificados por grupos de personas que invierten muchas horas de su tiempo en organizarlas. El tiempo que inviertes en lo social de forma voluntaria es dinero, dinero que dejas de ganar durante ese tiempo. No lo olvidemos. El tiempo es dinero. Las personas que proyectan protestas y llaman a secundarlas lo hacen por ti, por mí y por quienes nos sucederán.

Hace un par de semanas, cuando salimos a las calles para rebelarnos contra las violencias machistas y un rosario pavoroso de asesinatos de mujeres, oí a una señora, una de las "comprometidas", decir: "Mira, la verdad es que hoy no me apetece ir a la mani, qué quieres que te diga". Como yo no soy de violencia física, no le di una patada. ¿Qué se creen? ¿Se creen que a mí me apetece ir a una mani? ¿Se creen que ir a una mani es un acto social con Martini y olivillas? ¿Se creen que unirse a una protesta es como una tarde de playa y chiringuito? ¿Se creen que todas las personas que se dedican a denunciar los atropellos y convocar protestas lo hacen como quien se mete en una red de contactos sexuales? ¿Qué carajo se han creído?

A mí tampoco me apetece, en la mayoría de los casos, ir a la mani. Me apetecería mucho más quedarme en casa leyendo, irme a cenar con mis amigas, bailar o tocarme un pie hasta sacarle brillo. Pero no se trata de lo que te apetece o te deja de apetecer, qué frivolidad. Y ahí reside la escasísima movilización que estamos viviendo en estos tiempos terribles, criminales. A que algunos, algunas, consideran que una manifestación, una protesta, la que sea, es cosa de que te apetezca o no. Hay quien cree que con protestar en redes ya ha cumplido. Hay quien se ha creído la mandanga de que no se consigue nada. Hay quien ve cómo los sindicatos llevan tiempo rascándose la espalda. Y luego, sin duda, está el papel desmovilizador de los medios de comunicación. O, sobre todo, creen que no va con ellos, con ellas.

En este momento, vivimos una situación de absoluta urgencia en varias heridas sociales que ya sangran: la violencia machista, los desahucios, los recortes en sanidad y educación públicas, la salud mental, la pobreza extrema, la falta de suministros en los hogares (luz, gas, agua…) o la corrupción, por poner los ejemplos más duros. Todos ellos pueden llegar a ser mortales. Matan a personas. Es evidente que están ahí, aunque los grandes medios de comunicación se empeñen en disfrazar las ocupaciones como crímenes de bandas, los desahucios como robos de casas, la violencia machista como algo familiar, la sanidad y la educación privadas como un derecho, o la pobreza como si no existiera. Están ahí y a nadie con un mínimo de sensibilidad le cabe la menor duda.

¿Entonces?

Cuando Jaime Palomera y dos inquilinos se sientan ante el juez por protestar pacíficamente contra un atropello su gesto nos beneficia a todas, a todos. No se trata de los años de cárcel que les pide la Fiscalía, que es una barbaridad, sino del hecho de criminalizar la protesta misma. Si en aquel lugar, a aquella convocatoria a todas luces justa, hubieran acudido varios cientos de personas, ahora no estarían sentados en el banquillo. Y la Fiscalía no podría acusarles de una violencia que no existió ni el juez rechazar las pruebas y las evidencias que presenta la defensa.