Posibilidad de un nido

Juan Carlos I engordado con sangre

El rey Juan Carlos a su llegada al Congreso de los Diputados, para los actos del 40ª aniversario de la Constitución de 1978.AFP/CURTO DE LA TORRE
El rey Juan Carlos a su llegada al Congreso de los Diputados, para los actos del 40ª aniversario de la Constitución de 1978.AFP/CURTO DE LA TORRE

Las armas sirven para matar. Solo para eso y para eso se utilizan. Pero no solo matan. Las armas consiguen ingentes cantidades de dinero para quien las vende. Ese es dinero de sangre, empapado en sangre, goteando sangre, engordado por la sangre de cientos de miles y miles de hombres mujeres, niños y niñas. ¡Bum!, les cae una bomba y sus pedazos salen disparados. Su sangre empapa la tierra y se convierte en monedas que van a parar a las cuentas de los despreciables, de los criminales.

¿Piensa en ello una persona que se dedica a vender armas? ¿Piensa que come sangre, bebe sangre, viaja sobre sangre, se divierte en sangre y sangre goza? Caben dos posibilidades: que no lo piense o que lo piense y no le importe. Ambas resultan espeluznantes.

Pero al rey Juan Carlos I, jefe del Estado español durante cuatro décadas, ni le importó, ni le importa, ni probablemente haya perdido un minuto de su fastuosa vida en detenerse a pensarlo. Bastante tenía con navegar, matar animales y cazar hembras. Con sangre.

Hoy, este diario arranca una serie de reportajes en los que Carlos Enrique Bayo demuestra que el rey Juan Carlos I amasó su ignominiosa fortuna con el tráfico de armas.

Recuerdo cuando vi las fotos del entonces rey junto al cadáver del rinoceronte que había matado, junto al cadáver del elefante que había matado, junto al cadáver del leopardo que había matado, junto a los cadáveres de los búfalos que había matado. Un escalofrío me dejó temblando, literalmente. Eran animales magníficos, y los había matado el hombre que estaba al frente del país que habitamos, su máxima autoridad. Eran seres vivos hasta que Juan Carlos I los mató con su rifle con incrustaciones de oro.

Para matar a esos animales, pagó grandes cantidades de dinero. ¿Cuántas veces? Quién sabe. Lo que sí sabemos ahora es que ese dinero procedía de la muerte de miles y miles y cientos de miles de seres humanos. El rey Juan Carlos I participaba en el proceso que lleva a la muerte de hombres, mujeres, niños y niñas para ganar dinero. Parte de ese dinero le servía para matar a otros seres vivos. Quién sabe cuántos seres humanos. Quién sabe cuántos seres vivos. Quién sabe qué diferencia había para él entre unos y otros. Lo cierto es que matar a un animal magnífico y cuya especie podía desaparecer por completo no significaba para él más que un capricho criminal. Pero ¿qué significaba y significa la vida de los seres humanos? ¿Qué suponían la vida y la muerte de esas personas para el monarca español? Se podría pensar que nada, que no le importaban nada. Pero no es así, para él sus muertes eran una forma de enriquecerse. Vender armas (su única función es matar) como una forma de ganar dinero a espuertas, miles de millones empapados en sangre con incrustaciones de huesos humanos.

Pero hay algo más. Parte de las comisiones (miles de millones de las entonces pesetas) que Juan Carlos I cobraba por vender armas procedían de fondos públicos. O sea, de tu dinero, mi dinero, el dinero de quienes pagábamos nuestros impuestos con estrecheces y dificultades, con la conciencia de estar contribuyendo al buen funcionamiento de un país cuyo Jefe del Estado se los llevaba en sangre. Indirectamente nos involucró. Yo le maldigo.

¿Cuánta sangre cabe en la conciencia de un hombre sin conciencia?

¿Cuánta sangre en quienes, sabiéndolo, y aquí participan notablemente los medios de comunicación, han callado durante tantos años, décadas, o sea han sido cómplices?

¿Cuánta sangre cabe en quienes hablan de tráfico de armas sin que se les llene la boca de huesos y cadáveres?

Y ahora una pregunta cuya respuesta también han decidido y deciden callar: ¿De verdad alguien piensa a estas alturas que el hoy rey y Jefe del Estado español, Felipe VI, ignora de dónde procedía la cada vez mayor fortuna de su padre, un dinero del que ha disfrutado toda su vida, del que disfruta, a causa del cual es quien es y está donde está?

Juan Carlos I es un hombre engordado con sangre de inocentes que ha engordado y engorda con esa misma sangre a su hijo, hoy Jefe del Estado español.

En realidad, qué les puede importar a ellos, que heredaron su trono y su poder del hombre que sembró España de sangre, de fosas, huesos quebrados, asesinatos y torturas. ¿Se han parado a pensarlo? Ni uno solo de los segundos de sus vidas.

A ellos no les importan la sangre ni la vida. A nosotras, nosotros, debería importarnos tanto como para no solo eliminarlos de cualquier instancia pública, sino también pedirles cuentas por toda la sangre que acumulan alegremente, saludando con la mano desde un yate.