Posibilidad de un nido

Clavándole un cuchillo al perro

Ciudadanos afganos tratan de llegar hasta las fuerzas militares para mostrar sus credenciales y poder huir del país, junto al aeropuerto internacional de Kabul. EFE/EPA/AKHTER GULFAM
Ciudadanos afganos tratan de llegar hasta las fuerzas militares para mostrar sus credenciales y poder huir del país, junto al aeropuerto internacional de Kabul. EFE/EPA/AKHTER GULFAM

Hoy como nunca defendemos la "solidaridad", esa forma laica de caridad que, como la caridad misma, evidencia la doble moral y el cinismo de quien la ejerce.

Hoy como nunca presumimos de un supuesto respeto al "diferente", una supuesta mirada global y exigencia global en la aplicación de los Derechos Humanos.

Hoy como nunca nos sentimos orgullosas, orgullosos de participar en actos simbólicos de duelo o celebración por desastres o logros que afectan a lo que llamamos "sociedad civil".

Hoy como nunca nos declaramos feministas, luchadoras y luchadores (!) por los derechos de las mujeres y su equiparación con los masculinos en todos los ámbitos de la vida.

Hoy como nunca comemos sano, defendemos el "consumo de proximidad", la eliminación de los plásticos, las energías limpias, clamamos por algo a lo que llamamos "sostenibilidad".

Somos una generación de cretinos integrales y nuestras hijas e hijos lo saben.

Mucho se habla de la tierra "que dejamos a nuestros hijos", en vez de dedicarnos a echarnos una mirada en el espejo y preguntarnos qué basura de pensamiento y vida legamos. Inmersas en la contradicción más salvaje, hijas de nuestra idiocia, las generaciones que nos suceden asisten perplejas a nuestras ridículas, infantiles piruetas mentales, sociales, políticas. Les hemos educado en todo lo anterior: solidaridad, derechos humanos, ecología, empatía, respeto a la diferencia y demás martingalas. Y ellos asisten cada vez más dañados a esos loables esfuerzos que llevamos a cabo acomodados en un territorio obeso que defiende su atosigante bienestar con vallas coronadas de cuchillas.

Repantingadas en el sofá de Ikea, discutimos sobre el derecho de las mujeres afganas a decidir sobre su propio futuro. Y lo hacemos en serio. Valga como el último ejemplo de algo que si fuera un punto más inteligente podría considerarse cinismo. De la misma manera y desde el mismo sofá, tuiteamos ofensas por la repatriación de críos a Marruecos para lo que deberían cruzar un mar cuyo fondo está tapizado de cadáveres que ni recordamos. Sembramos las pantallas de ingeniosas frases e imágenes contra la política internacional de la Unión Europea tras tomarnos una buena cerveza fresca sin levantarnos del bonito sillón color mostaza.

Las generaciones que nos suceden asisten a una monstruosa representación cuyo final son ellos. Es como si tu padre te diera un discurso sobre el cuidado de los animales mientras va clavándole un cuchillo en el cuello al perro. Y ni siquiera eso somos capaces de ver. Al contrario, en lugar de mirar nuestra propia basura, los miramos a ellos, a ellas y comentamos sorprendidos su desorientación, su apatía, el aumento de depresiones, ansiedad y demás afecciones relacionadas con la salud mental.

Llegadas a este punto, solo nos queda esperar que le den ellos, ellas una buena sepultura al animal, porque nosotros no sabríamos dónde dejar el cuchillo para coger la pala.