Posibilidad de un nido

La primera vez que besé a una mujer

La primera vez que besé a una mujer no sabía nada porque no había nada aprendido ni gestos habituales ni un ponteasí. Escribo esto contra los sádicos. Ponerse una capucha, taparse la cara, armarse de navaja. El sabor de la mujer era como si pasaras el dedo por la nata que decora la tarta cuando nunca has probado la nata. Después de eso ya hay un sabor nuevo. Incorporar cualquier sabor es un paso siempre hacia lo culto. Los paladares paletos rechazan listas de alimentos y los enumeran. Se sabe que hay que educar el paladar para gozar cada sabor y cada aroma. Busco hacia dentro qué sensación me producen los encapuchados metiéndose en el portal tras el joven para rajarle las nalgas. ¿De dónde venía el joven? ¿De quién acababa de despedirse? ¿Qué música tenía pensado escuchar al llegar a casa?

La segunda vez que besé a una mujer no sabía nada, de nuevo no sabía nada. No hay manera aprendida cuando no se han simplificado las formas de acercamiento hasta convertirlas en la mecánica de los macacos. Ella me dijo "¿me das un beso?" con las manos anudadas, y dentro de las manos, la bestia sin domar del pudor. Ahí, apretada. Si hubiera abierto las manos en ese momento, el coche se habría llenado hasta tal punto de rubores que no habríamos podido respirar. Lo sé porque abrió las manos. Pero la mano que maneja la navaja jamás ha escondido nada más que un pene tumefacto ante la pantalla de un porno grasiento, su boca no sabría responder a la pregunta "¿me das un beso?".

Cada vez que he besado a una mujer ha sido un no saber nada, no tener nada aprendido. Latían ternura, deseo, cariño y hambre. Escribo esto contra la barbarie. Coger la navaja, hacerlo en grupo con la cara tapada, rasgar un labio, hincar el filo en la piel de la nalga, rasgar la piel una y otra vez hasta escribir la palabra Maricón. En todo acto de sadismo palpita el placer erótico, no hablo del teatro del sado-masoquismo, sino del deleite del sádico al torturar a su víctima. Eran ocho los torturadores que entraron este pasado domingo en un portal del barrio de Malasaña. Ocho hienas cobardes en manada sexual, porque sexual es el acto que perpetraron. Quisieron que su víctima se bajara la ropa interior. Eligieron las nalgas. ¿Qué probaron ellos? ¿Qué quedó en su carroñero paladar?

La última vez que besé a una mujer fue ayer.