Posibilidad de un nido

Próximo Aeropuerto Martín Villa

El exministro del Interior, Rodolfo Martín Villa interviene en un desayuno informativo en Madrid. EFE/ Fernando Alvarado
El exministro del Interior, Rodolfo Martín Villa interviene en un desayuno informativo en Madrid. EFE/ Fernando Alvarado

Cojamos al que fue durante dos décadas secretario general de la UGT, Cándido Méndez, y durante ocho años de CCOO, José María Fidalgo, y coloquémoslos junto al torturador franquista Antonio González Pacheco, "Billy el Niño". Ahora sumemos al retrato a Felipe González con el mítico sindicalista Nicolás Redondo y junto al ultraderechista José Utrera Molina. Y en esa bonita galería, añadamos, ya puestas, a la pareja formada por Santiago Carrillo y Antonio Gutiérrez, secretario general de CCOO desde 1987 hasta el año 2000, junto al rey Juan Carlos I, heredero y admirador confeso del dictador Francisco Franco. El resultado es la inauguración de un aeropuerto, el Aeropuerto Rodolfo Martín Villa, algo menor que el Aeropuerto Adolfo Suárez, pero nombrado por la misma zarpa.

Este lunes 17 de enero del año 2022, el franquista Martín Villa ha dado una "charla" en Madrid titulada La Transición, mi memoria y la Querella argentina. Podría repetir aquí que es el máximo exponente de la permanencia de la dictadura, que es responsable de la matanza de Vitoria en el 76, la mayor de la Transición, y desde luego no la única, también de la carga y asesinato de los Sanfermines en el 78, que fue quien condecoró a Billy el Niño y está acusado de crímenes de lesa humanidad. Podría repetir y repetir y exactamente ahí reside en problema. Se trata de repetir. Se repite algo que ya se sabe.

Después de los primeros 40 años de esta Democracia, cuatro décadas de silencio sobre el pacto criminal que supuso la Transición española, nadie puede alegar ahora ya ignorancia. Gracias a los nuevos medios y modos de comunicación, gracias a Internet y al trabajo de miles de personas en defensa de la dignidad, todo aquello que estaba tapado por los medios tradicionales y los Gobiernos de todo pelaje, ha salido a la luz. Se sabe, insisto, se sabe.

Como pasó con el #MeToo y #Cuéntalo, que ya nadie puede afirmar que no conoce la violencia constante y omnipresente contra las mujeres, lo mismo sucede con los crímenes impunes de la dictadura franquista. Esto lo modifica todo de forma radical y lo convierte en otra cosa, lo convierte en lo que somos. Tan simple y tan atroz. Somos crimen, la sociedad española lleva el crimen cosido al corazón y a los cimientos, a las leyes y el Congreso, la Cultura y la Educación. Rodolfo Martín Villa ha declarado este lunes de invierno, nada menos que del año 2022, su desprecio hacia no cientos, hacia miles de víctimas, asesinados y asesinadas, torturados y torturadas, presas de los perros sangrientos de un régimen que permanece, ese acto mismo es una prueba inequívoca de su permanencia.

No han faltado quienes se han echado las manos a la cabeza por la ignominia del tipo. De nuevo. ¿Y qué esperaban, qué esperábamos? Repetir, denunciar una y otra vez sus tropelías e insistir en su desvergüenza resulta un acto tan inútil como candoroso. No se puede esperar que quien ordenó matar y lo sigue considerando un acto político entone un mea culpa, no se puede esperar de él decencia ni arrepentimiento, mucho menos una explicación. ¿Qué esperaban, pues, que dijera Martín Villa en su "conferencia" en el Hotel Four Seasons? ¿Cómo esperar que la hiena no sea hiena, que el buitre sea paloma?

El martes, 1 de septiembre de 2020, se hicieron públicas cuatro cartas: la de Nicolás Redondo, secretario general de UGT durante cerca de dos décadas y referente de la lucha obrera en España; las del ex secretario general de UGT Cándido Méndez y los ex secretarios generales de CCOO Antonio Gutiérrez y José María Fidalgo. Eran cartas escritas de su puño y letra enviadas a la jueza María Servini, al frente de la Querella argentina, en las que alababan el papel de Martín Villa como constructor de la paz y la democracia en España. Sucedió justo dos días antes de que tuviera que declarar acusado de crímenes de lesa humanidad. Servini, afirmaba que "los hechos de los que resulta responsable" son sancionables con "penas de reclusión o prisión perpetua".

Nunca antes como frente a esas cartas manuscritas había yo entendido en su justa, su inhumana medida la construcción del actual Estado español. Recuerdo haber llorado al leerlas y también alguna otra vez al recordarlas. De entre todos los actores de esta democracia, los únicos que no habían apoyado el perdón a los criminales eran los representantes de la clase obrera. Ahí estaban, finalmente, y una sensación de conclusión esférica me ablandó los huesos como sucede ante una torre que acaba por caer con todos sus habitantes dentro.

Claro que este lunes de enero el franquista Martín Villa se ha reído de la jueza, de la Querella, de la lucha de miles de víctimas, de sus propios crímenes. ¿Qué creían que iba a hacer, marcarse un chachachá?

Es hora ya de que señalemos a los verdaderos responsables de la indecencia en la que estamos instalados, instaladas, de una obscenidad que nadie ya puede ignorar. No son los franquistas que permanecen. Ellos son lo que son. Pero ¿quiénes los han convertido en eso que son, y con ellos nos han hundido en esta sentina de la que no veo el fondo? Los representantes políticos, los representantes de la clase trabajadora, la inmensa mayoría de quienes, teniendo la obligación de informar, han callado. Y también nosotras, nosotros.

Ahora ya el problema no es la ocultación, sino el alarde. En la sucinta galería expuesta al principio de este artículo, muy muy muy sucinta, reside la peana desde la que el acusado de crímenes de lesa humanidad y responsable último de asesinatos de personas decentes se ha ufanado de seguir siendo el que era. Todos quienes que han gobernado España hasta ahora se han opuesto a que se juzguen sus violaciones contra la vida y la libertad. El resto ha callado.

Este lunes, ahí estaban los líderes históricos sindicales Cándido Méndez y José María Fidalgo, allí como una carcajada ante una fosa común, sendos esputos en la cara de las víctimas, y allí también para retratarnos.

El siguiente paso, no lo dudo, es bautizar un aeropuerto con su nombre. Lo hicieron con Adolfo Suárez, su superior, también franquista. Quién sabe si la Xunta anda ya renombrando alguno con el de Manuel Fraga. Al tiempo.