Posibilidad de un nido

Sufrimiento de consumo

Un niño juega este lunes en el campamento de refugiados en Budomierz (Polonia), en el paso fronterizo con Ucrania más cercano al bombardeo del IPSC de Yavoriv, a 25 kilómetros de la frontera polaca. EFE/Rodrigo Jiménez

"Historias humanas" lo llamamos, sobre todo desde que no sabemos cómo narrar de otra manera la invasión de Ucrania, pero también lo hacíamos con los sanitarios en la Covid-19 más dura y otros muchos ejemplos recientes. En realidad, llamamos "historias humanas" a lo que deberíamos referirnos como "consumo de sufrimiento".

Venimos de unos tiempos, larguísimos, décadas sobrealimentadas basadas en la contraposición éxito/fracaso, que es siniestramente paralela a la de héroe y su contrario, cuya definición se aproxima en este sentido a la de perdedor más que a las de antihéroe o villano. Siguiendo esa misma simpleza, asociamos la idea de éxito a las de felicidad o fortuna y la de fracaso a lo contrario, o sea la infelicidad y el infortunio. No hablamos, porque así lo da por supuesto aquello con lo que pactamos, del sufrimiento. Evitamos ver que el sufrimiento los atraviesa ambos, al éxito y al fracaso. Sin embargo, no solo no eludimos su fantasma, sino que lo hemos convertido en objeto de consumo. Eso sí, sin nombrarlo.

Como precedente palmario a lo que está sucediendo con el sufrimiento de la población ucrania sirve el ya citado ejemplo de los sanitarios durante la pandemia de la covid-19. Su sufrimiento. En un abrir y cerrar de ojos, esas mismas personas han pasado de la heroicidad al maltrato. Y adiós.

En su momento, necesitamos llamarlos "héroes". No lo hacíamos ligándolos a una idea de éxito, sin embargo. Decidimos convertirlos en héroes a causa de su sufrimiento. Cada día, la población salía a sus balcones para aplaudir. La cuestión es qué aplaudíamos: ¿su heroicidad, su sufrimiento o ambas cosas? Admitamos que, evidentemente, aplaudíamos ambas cosas para ligar su sufrimiento a un éxito "común", nuestro, una idea del éxito colectivo, el de la "población española" cuyo único mérito consistía en aplaudir el sufrimiento ajeno.

Pasamos, y este ejemplo aterra por próximo y por evidente, a considerar que su sufrimiento era nuestro éxito. Nuestro éxito como "sociedad" se levantaba sobre su sufrimiento, y necesitábamos atribuirlo a una "heroicidad" para sentirnos héroes, heroínas. Nadie se identifica con el sufrimiento en sentido lato, nadie en su forma de infelicidad o infortunio. Por eso debe convertirlo en hazaña. O sea, los "héroes de la sanidad" etcétera.

Pero quienes aplaudían al personal sanitario un día, pasaron sin solución de continuidad a desentenderse de su maltrato al siguiente. El sufrimiento de aquellas mismas personas ya no tenía nada de heroico sino de infortunio cuando llegaron los recortes y acabó la "gesta". O lo que es lo mismo, en ese atravesar éxito y fracaso que tiene el sufrimiento, habían caído en lo segundo. El mito del perdedor queda, desengañémonos, para las novelas de detectives alcohólicos.

Habíamos convertido su sufrimiento en heroicidad, nos habíamos nutrido con aquello considerándolo nuestro, común, nos lo habíamos apropiado, pero en el momento en el que consideramos que aquel sufrimiento no resultaba suficiente como para considerarlo heroico, perdió todo interés. Ya no era sufrimiento suficiente. Ya no servía como objeto de consumo. Resultaba barato, por lo que el asunto, el dolor del olvido, la pobreza y la desatención, pasó a corresponder a las clases "menores", a las consumidoras de marcas blancas, a los barrios, los de las pancartas, los parias de siempre.

Para consumirlo a lo grande, el sufrimiento debe ser suficientemente sufrimiento, o sea inasumible y por lo tanto heroico. Además, el sufrimiento tiene que ser ajeno. Nadie consume su propio sufrimiento, ni muchísimo menos lo aplaude. Tampoco presta nadie atención a un sufrimiento abarcable, doméstico, sin épica.

Pero todo objeto de consumo crea necesidad así el sufrimiento heroico, y queremos más. Como, por ejemplo, el sufrimiento de la población ucrania. Convertirlos en héroes para celebrar un sufrimiento suficiente. Decidir que participamos en él, igual que el aplauso en las ventanas. Convertirlos en héroes para hacer nuestro su sufrimiento, apropiárnoslo, ser héroes porque decidimos, y así lo publicamos a diario, que es una lucha "común". Y entonces sí, entonces consumirlo.

Ah, pero también sabemos que el consumo es voraz. Ya no nos satisface una idea general de heroicidad, nos sabe a poco. Ya necesitamos eso a lo que llamamos "historias humanas" pero deberíamos llamar "relatos del sufrimiento". Ahora nos sentimos partícipes del dolor de "la población" ucrania porque lo que se nos muestra resulta sufrimiento suficiente. Para ello necesitamos ver a ese niño sangrando, a la embarazada muerta, a los "héroes" que viajan hacia el frente para enfrentarse al mal, ese tipo de cosas a las que aplaudir desde el balcón de casa, somos nosotros, es nuestra lucha, somos de los buenos, somos héroes.

Cuando, como acabará sucediendo, el sufrimiento de esas personas no colme nuestras necesidades, saldremos a buscar otras muertes a las que chupar la sangre, niño a niño, embarazada a embarazada, para aplaudir nuestra admirable heroicidad.