Posibilidad de un nido

Irene Montero sola y yo desnuda

La ministra de Igualdad, Irene Montero, interviene desde la tribuna en el Pleno del Congreso de los Diputados. E.P./Eduardo Parra
La ministra de Igualdad, Irene Montero, interviene desde la tribuna en el Pleno del Congreso de los Diputados. E.P./Eduardo Parra

Desnuda, vuelvo a escuchar las palabras pronunciadas este miércoles por la ministra Irene Montero en el Congreso de los Diputados. Son tantas las ideas que escucho, que vuelvo a escuchar, tantos los conceptos conocidos y vueltos a desconocer, que ya no puedo ni quiero tapar mi desnudez. Me vestí de razones, me cubrí de argumentos, me engalané de hallazgos y supuestas victorias, ahora siento cómo poco a poco, en estos últimos tiempos, me los han ido arrancando de sobre el cuerpo y solo queda eso y eso soy, un cuerpo de mujer expuesto irremediablemente. No sé si vulnerable, no sé si soy ya sal.

Irene Montero desgrana las cifras del horror, las violaciones, las agresiones físicas, psicológicas, sexuales, los hijos huérfanos de madre asesinada por sus propios padres, las madres encarceladas por proteger a sus criaturas… en los primeros dos minutos de intervención ya ha ofrecido más contenido del que se oirá en la Cámara en todo el día, probablemente en toda la semana. Ha dicho la palabra "felicidad", ha dicho "ámbito rural" y "mano amiga". Vuelvo a escuchar sus palabras y la soledad de esta mujer me resulta devastadora. Porque ella está sola, sí, y porque representa la soledad de toda y cada una de las demás, de nosotras.

La enumeración no parece tener fin, porque no lo tiene. Saltar de la muchacha que no se atreve a salir por si tiene que volver sola a casa a la anciana que no ha hecho otra cosa que trabajar en toda su vida y nunca ha recibido un céntimo a cambio. De salto en salto se puede cruzar esta sociedad de punta a punta sin necesidad de pisar el suelo helado desde el que escucho de nuevo las palabras de la ministra de Igualdad. Ah, pero no es eso. No estoy en cueros sobre una capa de hielo. Se trata más bien de una especie de tablero de película futurista. Algo parecido al cristal negro. Una no puede permanecer sobre una superficie helada, pero sí con los pies plantados en este suelo de vidrio donde nada parece crecer, donde la posibilidad de germinar es un golpe de memoria casi feliz.

En mi ordenador, la ministra Montero repite pin parental, derecho al aborto, protección de la infancia. Más allá, en la pantalla del televisor, un puñado de hombres asegura que la baja por dolor menstrual supone un castigo para las mujeres. Este tipo de afirmaciones ya no nos parecen ni siquiera idiotas. Ellos argumentan que nadie querrá contratar a las mujeres, contratarnos, ¡a las mujeres!, ¿a todas?, en caso de aprobarse el dolor menstrual como motivo de baja laboral. Compruebo cómo ese razonamiento salta de cadena en cadena, de los platós a los estudios de radio, y nadie suelta una carcajada.

Ellos hablan con tal soltura del dolor de la regla que una se los imagina hechos un cuatro en la cama, con la almohada apretada contra el vientre, apretando las mandíbulas y gimiendo a solas. Las mujeres sentadas al micrófono apostillan que sería terrible considerar la regla como una enfermedad. "Y además, en los colegios ya hay botiquines", añaden. "¿A qué viene eso de que también tienen que contar con productos para la regla si ya hay botiquines?".

Yo podría estar sentada en cualquiera de esas tertulias, suelo hacerlo, y tampoco soltaría una carcajada. Ni eso ni nada. Si entrara a argumentar lo evidente, lo justo, lo que nos parecía ya conseguido y sólido, convertiría sus zafios argumentos en válidos, les daría carta de naturaleza. Pero ¿qué hacer? Estoy desnuda, desnuda ante ellas, ante ellos. No tiemblo, no me tapo, no doy crédito. La manera en la que la tierra bajo mis pies, aquella en la que sembrar y ver crecer nuestros avances, se ha hecho grueso cristal compacto también forma parte de esta soledad.

La Irene Montero que habla, de forma contundente, impecable, magnífica, no es una alegre abanderada de mejores futuros. Yo tampoco y en ella me reconozco. Desnuda, porque solo así puedo hacerlo, me veo en su decente soledad austera. Esto somos, parece repetir, esto somos, esto, esto somos. Esto somos, repito con ella, y miro hacia abajo y solo queda cuerpo.

"Las feministas buscamos que todas podamos desarrollar nuestros proyectos de vida", le dice Irene Montero a la líder de VOX Macarena Olona. Le ha contado que el 95 por ciento de los trabajos no remunerados, o sea todos, los llevamos a cabo las mujeres. Que tenemos dos horas menos de ocio al día, ¡al día!, que los hombres. "La economía de este país se sostiene sobre los cuerpos de las mujeres", le ha dicho. "¿Y de verdad señoría no cree usted que todas estas formas de violencia tienen una relación? ¿No se da cuenta de que el machismo es una forma de organización social, de organización política, de organización económica que coloca a los hombres en una posición de poder y a las mujeres y a las mujeres en una posición de subordinación, que implica que los hombres pueden apropiarse y hacer con nuestros cuerpos lo que quieran, que esa es la raíz de la violencia contra las mujeres?". ¡Ahí está! En ese justo momento está narrando nuestras soledades compactas y desnudas.

Olona lo sabe. Montero sabe que Olona lo sabe. Y mi ser desnudo de atributos es consciente de que poner el cuerpo es la única forma de pisar este suelo donde, en este momento, cualquier semilla de cambio parece rebotar con un clinc doloroso. Más allá, algunos hombres aplauden que, por fin, se hable de la regla.