Posibilidad de un nido

Un escritor no tiene por qué ser agradable

Sucede en época estival que proliferan los festivales literarios, las ferias y las llamadas "universidades de verano" donde se requiere la presencia de autoras y autores, en teoría para que hablen de lo suyo. ¿Y qué es lo suyo? En el caso al que me voy a referir, la escritura. Existen certámenes de novela negra, de literatura infantil, de poesía, de ciencia ficción, de relato rural, de cuento... Hay también cursos del más variado pelaje, desde "la escritura del yo en tiempos de pandemia" hasta la pertinencia de la obra, pongamos por caso, de Sor Juana Inés. Y también hay ferias del libro aquí y allá. El verano ofrece la ventaja de los –ya me disculparán— veraneantes. Desperdiciar a una población con tiempo libre y algo de cash sería pecado, con la que está cayendo.

Los requisitos para participar en un festival, curso o lo que sea se mueven entre el número de ventas de tu último libro y, sobre todo, lo muy amigo o amiga que seas de quienes lo organizan. Yo no me puedo quejar, así que este texto no tiene miseria bajo la alfombra. Desde hace muchos años, algún festival y algún cursito me caen.

Normalmente, la diferencia entre los festivales o ferias del libro y los cursos de verano es que estos últimos te pagan por lo que haces, sea eso lo que sea, y los anteriores no. En fin, festivales y ferias te pagan el viaje y la estancia, faltaría más, pero no recibes remuneración alguna por tu labor. La ganga de escritores y escritoras es que con alimentarnos el ego nos damos por comidos.

Sirva lo anterior para poner en contexto una frase que oí hace nada en un festival literario de verano de cuyo nombre no voy a acordarme. Uno de los organizadores le decía a su asistenta: "A ese no volvemos a invitarle, que es un hombre francamente poco agradable". Francamente poco agradable. Yo misma soy cada vez francamente menos agradable, algo que no he no ha mermado en absoluto mi capacidad literaria, sea ésta grande, pequeña o mediopensionista.

El escritor en cuestión, cuyo nombre no viene al caso, es un autor notable, maduro, con un puñado de buenos libros publicados y una prosa que para sí querría la mayoría de los que probablemente resultan agradabilísimos.

Hubo un tiempo, ya pasó, en el que cundían en los festivales las juergas, francachelas que acababan al amanecer en ocasiones con alguna trifulca e incluso desperfectos en el mobiliario de los hoteles. Lo cuento porque lo he vivido en más de una ocasión. Como he dicho, ya pasó. Ahora los autores y las autoras nos comportamos como personas de bien, dóciles, educadas e incluso serviles en algunas ocasiones. Que hay que bailar, se baila. Que hay que aplaudir, se aplaude. Y así. El hecho de que un escritor, un buen escritor, decida no hacerlo, o sea, decida ser sencillamente lo que es, un profesional de la literatura, no puede alegrarme más. Así sucedió con el autor al que me refiero, a causa de lo cual decidieron que no volverían a invitarle.

Comprendo, como he dicho al principio, que las cosas andan magras y que hay que aprovechar cualquier oportunidad para la venta. No solo eso, yo misma vivo de la venta de libros, y considero dicho negocio, mis libros al margen, la mejor señal de que una sociedad funciona bien. Me temo que no es exactamente el caso de la española. Sin embargo, queridas lectoras y lectores, organizadores de festivales y ferias, agentes, editoriales, comerciales, la función de una escritora, de un escritor, no es ser agradable, no es participar de un espectáculo, no es aplaudir como una foca cuando le echan un pescadito. La función de un escritor es escribir.

Espero que no vayan expulsando del circuito a quienes no bailan la jota cuando se les pide, a los que no sonríen, a los que no hacen el pino puente, a los que sencillamente escriben bien. Bastante empobrecido está ya el ámbito de la Cultura, bastante romo, como para andarnos con esas idioteces.