Posibilidad de un nido

¿A qué tanto alboroto de pezones?

Pixabay
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Este artículo va sobre los pezones de las mujeres y tus mentiras en las redes, seas mujer o no. Vaya por delante, y conste que va en dos escenas. Pero sobre todo va de que si no lees libros, más concretamente lo que llaman ficción, te vas a perder la gozada de entender, por ejemplo, lo de los pezones, lo de las idioteces del que tienes al lado.

Este verano leí la extraordinaria, magnífica novela de la escritora estadounidense Carson McCullers Reflejos en un ojo dorado. De todo el libro, y podría detenerme en cada una de sus páginas, una frase me llevó a la exclamación en voz, al gemido más bien: "se había cortado los tiernos pezones con las tijeras de podar". Cuando una lee, puede ocurrir que salga de sus adentros. No es habitual, pero si el humor es bueno, la carcajada recorre la casa. Cuando el terror, el dolor o la tensión narrativa consiguen un Ay, un Nooo, un Ññññ, merece la pena levantarse y aplaudir. Eso me sucedió con la esposa quebradiza de la que, acerca de tal barbaridad definitiva, solo conoceremos la frase "se había cortado los tiernos pezones con las tijeras de podar". Uf, ay, pffff, ese tipo de exclamaciones que, cuando estás sola con un libro, te rompen el silencio y te devuelven al cuerpo.

Poco después, buscando más sobre McCullers, di con el prólogo, que no conocía, de la escritora Cristina Morales a la edición de Seix Barral. Ella también se detiene en los pezones cercenados, y podría añadir "¿cómo no?". Los pezones de las mujeres, nuestros pezones, mis pezones. Esa mujer, y no es casual, no se amputa una pierna, pongamos por caso, un dedo, la lengua, sino los "tiernos pezones".

Vale.

Siguiente escena.

Hace menos de dos meses relaté aquí cómo la red social llamada Instagram había eliminado mi publicación de un retrato de Patricia Highsmith porque estaba desnuda. Es la más amables de todas las redes que conozco. Habiendo abandonado Twitter, Facebook y demás, me pareció un nido en el que, al menos, no me amenazaban de muerte a diario. Y en eso estaba cuando a mediados del pasado mes de julio descubrí, como ha ocurrido con el prólogo de Morales, la colección de fotos preciosísima de la Highsmith desnuda. "Tu historia infringe nuestras normas sobre desnudos", me comunicó la red tras desaparecer mi publicación. No abundaré en la evidencia de que miente y lo único que infringe sus normas son, genitales abiertos aparte, los pezones de las tetas de las mujeres.

Total, que como he avisado en la primera línea, esto va de los pezones de las mujeres. Me di cuenta siendo aún muy niña del bestial –y bestial es la palabra exacta– potencial de mis pezones. Soy capaz de sacar a bailar al placer en su pequeña cumbre hasta hacerle perder la consciencia. Literalmente. Invito a quien me lea a culminarla.

Así que aquí tenemos el placer de las mujeres, el castigo a las mujeres y el reconocimiento del pezón como símbolo por duplicado. ¿Qué me resulta tan interesante? La opción por la mutilación, sin duda. Sucede en la novela publicada por Carson McCullers en 1941, hace la friolera de 80 años, y permanece exactamente igual ahora mismo. Ya no puedo ver los pezones pixelados de los retratos de mujeres en Instagram sin pensar en aquellas tijeras de podar y esos "tiernos pezones".

Como el personaje de la novela –si publicada en el 41, suponemos escrita, o al menos pergeñada, en los años 30–, nos cercenamos los pezones, o sea el placer no ligado al coito básico, genital, muy resumidamente y más allá de las maternidades. Porque lo que nos mutilamos en la red no es la maternidad del pezón sino su sensualidad, su lubricidad, su ser pezón-no-madre, pezón-placer. Y no es que algo llamado "la Red" o como sea lo prohíba. Es que ha llegado el momento en el que ya no hace falta, porque nosotras mismas evitamos las fotos con pezones o, en caso de difundirlas, los borramos.

Vale.

Siguiente escena.

Asisto atenta a lo que la gente cuenta de sí misma en la Red. Me fijo mucho y no veo nada de lo que hacemos habitualmente. Nadie bebe, nadie se medica, nadie se droga, nadie miente, nadie engaña a otra o a sí misma, y así todo el rato. Si acaso algunas personas confiesan, a modo de reivindicación, eso sí, no cumplir exactamente con lo que la sociedad espera de ellas como trabajadoras, o como consumidoras, o como madres, o como lo que sea. En cualquier caso, nada de lo que hago o veo hacer a las personas de mis alrededores consta en la Red. Ahí dejan, dejamos, pues, el retrato de lo que fingimos ser.

Entonces, pezones mediante, me asalta una pregunta: ¿A qué fin tanto alboroto sobre los pezones femeninos? ¿Quién maneja esta puñetera ficción más allá de nosotras, nosotros mismas?