Opinion · Crónicas insumisas

¿Impulsar la industria militar europea?

Pere Ortega

La Comisión Europea ha presentado un comunicado avalado por su presidente, José Manuel Barroso, el vicepresidente y comisario de Industria, Antonio Tajani, y el comisario de Mercado Interior, Michel Barnier, donde solicitan que los estados miembros de la Unión dediquen una mayor atención al sector de la industria militar. Aducen que este sector tiene una gran importancia estratégica porque genera un área de negocios de 96.000 millones de euros y da trabajo a 400.000 personas de forma directa y a 960.000 de manera indirecta. En este sentido demandan armonizar un mercado interior de seguridad y defensa con una mayor cooperación entre los estados miembros; también fortalecer la competitividad en dos ámbitos: desarrollar normas de certificación aérea de navegación militar y apoyar a las PIMEs; otro ámbito será buscar sinergias entre los sectores civil y militar con especial atención a la I+D;  y por último, el más ambicioso, impulsar un debate estratégico para una mayor cooperación sobre la política de seguridad y defensa común con el horizonte puesto en diciembre de 2013, fecha en que debe tener lugar un nuevo Consejo Europeo sobre esta polémica cuestión.

¡Ahí es nada! La Comisión vuelve a lanzar un órdago en favor de reavivar la «Política Europea de Seguridad y Defensa», más muerta que viva, y de paso impulsar el sector de la industria militar. A mi entender, ni una ni otra son cuestiones que la coyuntura acomoden a una fácil solución, pues la realidad es tozuda y la crisis económica que azota a Europa ha impulsado a todos los estados miembros a reducir de forma acelerada los presupuestos de defensa, con la consiguiente anulación de algunos proyectos de construcción de armamentos, a la vez que se reducían las compras en un 15%  en 2011. Y por otro, reabrir el debate aparcado de la seguridad y defensa común en un momento en que la UE atraviesa diversas crisis en torno a: la moneda común, crisis de los países del sur (PIGS), armonización fiscal, mayor (o menor) integración política, dos velocidades, diferencias respecto a la guerra de Siria… Todo ello sitúa a la UE en un futuro incierto.

Respecto al impulso de la industria militar, una vez más hay que precisar los aspectos críticos de una apuesta descabellada. Se acepta de manera generalizada en los ámbitos políticos y económicos más ortodoxos que el aumento de recursos destinados a gasto militar es una inversión productiva en términos de eficiencia económica. Falso, el gasto militar entorpece el crecimiento de la economía productiva. De una parte, porque genera endeudamiento público, el cual comporta inflación al impedir que se generen ingresos en las arcas públicas; por otra, impide que bienes de capital se destinen al sector productivo civil, obstaculizando economías de escala y la aparición de “costes de oportunidad”. En el sector militar industrial la competencia es muy escasa, debido a la presencia de oligopolios (EADS y BAE Systems en aeronáutica, Thales y Siemens en electrónica…) falta de control sobre costes debido a que son los propios estados los principales contratistas. Así, una parte de los recursos que se tendrían que destinar al desarrollo real y crear riqueza en producción civil, se dedican a un servicio público de ineficiencia económica. Esto último ha llevado a considerar que por cada puesto de trabajo que se crea en el ámbito militar se podrían crear tres en el de la producción civil. Eso sin considerar los efectos negativos que ejercen las armas sobre las economías de los países en desarrollo a los que se exportan, pues gastan en armas lo que tendrían que gastar en desarrollo humano de su población. Esta inercia de considerar las fuerzas armadas, la industria y el comercio de armas como económicamente productivos es una invención del complejo militar-industrial. En realidad, los únicos que obtienen beneficios, pues si no fuera por las ayudas que reciben de los estados, las industrias militares en su mayor parte habrían desaparecido.