Opinion · Crónicas insumisas

Los medios y la izquierda

Pere Ortega, Centre Delàs d’Estudis per la Pau

Los nuevos partidos que han irrumpido por la izquierda en el panorama político español alardean de presentarse como “nuevos” porque sus prácticas políticas se alejan de las que ellos denominan “viejas”. Un análisis de las prácticas de estos supuestos “nuevos” nos sume en la perplejidad, pues si bien es cierto que aportan cosas nuevas que alumbran esperanzas de cambios importantes, otras van en sentido contrario y rezuman de viejo, en especial cuándo se percibe una concentración de poder en sus cúpulas.

Vaya por delante que la CUP, Podemos, Los Comunes, Compromís y las Mareas son alternativas reales al deterioro de las estructuras del Estado respecto del régimen nacido en 1978, puesto que reclaman un proceso constituyente que aborde un nuevo régimen democrático que regenere las instituciones y devuelva la confianza en ellas de la ciudadanía, entre otros muchos, resolver el conflicto de Cataluña.

Entre los aciertos de esas organizaciones, el más esperanzador es la aprobación de códigos éticos internos, donde se limitan salarios, cargos, se anulan prebendas, se propone paridad de género, no se aceptan créditos bancarios, no acumulación de cargos y más cosas que los enaltece delante de la población. Sobre todo ante la corrupción generalizada de los grandes partidos que han gobernado el Estado español. Pero también las hay negativas que denotan un alarmante déficit democrático interno. Déficit que desde luego es mucho más profundo en el resto de partidos políticos. La causa principal de ese déficit hay que buscarlo en la corta y escasa experiencia democrática de este país, pues la democracia española aún es muy joven, tan solo 38 años, si se dejan al margen los convulsos años de la República. Así, España fue el último país en incorporarse a la democracia de la Europa occidental. Por ello es bueno señalar los errores que hoy se perciben. El más aalarmante, que debería enmendarse de inmediato es el que hace referencia al centralismo en la toma de decisiones. Un centralismo, ya dicho, generalizado en todos los partidos, que denota cómo el poder descansa en manos de muy pocos y en especial del líder. Un defecto que iguala a los nuevos con los viejos partidos.

Unas cúpulas y líderes que en general no han sido elegidas (con escasas excepciones) en sus propias organizaciones mediante primarias y en listas abiertas, pues sus organismos de dirección fueron escogidos en listas cerradas, o peor, designadas por su líder, bajo la excusa de buscar coherencia y afinidad entre sus miembros, dejando a los adheridos solo la posibilidad de asentir, pero no de escoger. Algo similar ocurrió con los programas electorales, no todas esas organizaciones dejaron a sus bases participar en el programa que fue elaborado desde arriba. Luego llegaron las elecciones y se repitió el mismo déficit, no se celebraron primarias para escoger a los miembros de las listas que concurrían a ellas.

El viejo paradigma de Maquiavelo de que el fin siempre justifica los medios ha sido practicado tanto por políticos de derechas como de izquierdas (a pesar de esa y otras afirmaciones de dudosa moralidad se debe leer a Maquiavelo). Afortunadamente esa divisa ya fue revisada y substituida por su contraria, el fin está en los medios. Algunos ejemplos substanciales van desde Rosa Luxemburgo que advirtió a Lenin que la falta de democracia daría al traste con la revolución rusa; repetida por Frantz Fanon cuando advertía que sin la participación de los pueblos las élites darían al traste con la liberación del Tercer Mundo; pasando por Gandhi o Luther King que predicaron la revolución noviolenta para liberar a sus pueblos; o Nelson Mandela en Sudáfrica; o más actuales como José Mujica y tantos otros revolucionarios de no menor calado que han arrinconado las fórmulas autoritarias en favor de una participación abierta y franca de la población. Pues sí los medios son perversos los objetivos se pervierten y acaba cundiendo, primero el desencanto, después la desidia y finalmente llega la contrarrevolución.

Entonces los fines deben ser subalternos a los medios, pues los fines pertenecen siempre al futuro, supuestamente mejor, pero desconocido. En cambio los medios pertenecen al presente y los podemos modelar, controlar y ajustar a las necesidades del momento. Sacrificar el presente, real y conocido, en búsqueda de un hipotético mejor futuro, que por definición no controlamos, ni conocemos, ni tenemos la certeza de alcanzar, es arriesgar la propia democracia.

Lectura recomendada para revolucionarios iracundos: Tratado sobre la tolerancia de Voltaire.