Opinion · Crónicas insumisas

Los hidrocarburos y la guerra de Siria

Pere Ortega, Centre Delàs d’Estudis per la Pau

Siria sufre una guerra civil devastadora. Un país situado en una región, Oriente Medio, llena de conflictos, donde todos los países están sometidos a presiones externas, tanto de los que se pretenden erigir en potencias regionales -Turquía, Irán y Arabia Saudí-, como de las grandes potencias mundiales, Rusia. Estados Unidos y Unión Europea. Potencias que, respecto del conflicto de Siria se sitúan a favor o en contra de alguna de las partes, donde juegan sus intereses particulares por cuestiones de geopolítica, ya sea regional o mundial, pero sobre todo con los ojos puestos sobre una cuestión capital por todos ellos: los hidrocarburos. Una cuestión que en el pasado ha desencadenado varias guerras. En el caso de la guerra de Siria, todas estas potencias y países se han posicionado. Unos a favor de los diversos grupos rebeldes, facilitando apoyo político, ayuda económica, recursos militares y armas, como Arabia Saudí, Qatar, Emiratos Árabes, Jordania, Turquía, la comunidad suní de Irak, Reino Unido, Francia y EE.UU. Por el lado contrario, a favor del gobierno de Bashar al Asad, Irán, la milicia libanesa de Hezbollah y Rusia. Y neutrales, pero muy preocupados con el desenlace final, Israel o Líbano, país muy contaminado por el conflicto sirio y que puede caer en la espiral de la guerra.

Las dificultades para resolver el conflicto se multiplican cuando los múltiples grupos rebeldes existentes no están unidos en un único frente, puesto que, además de sirios, participan milicias y yihadistas provenientes de otros muchos países. El ISIS, sin duda el grupo más sanguinario, cuyo objetivo es la creación de un califato regido por la sharia repartido entre Siria e Iraq, está formado por unos 50.000 miembros -muchos de ellos provenientes del exterior-, entre los que se encuentran unos 5.000 europeos. Otros 5.000, luchan junto a otros muchos grupos rebeldes. Los kurdos que reclaman la creación de un estado propio también cuentan con 5.000 extranjeros entre sus filas, que tienen a la vez el apoyo de los Estados Unidos, pero en cambio son combatidos por Turquía, que es aliado de EE.UU. Por otro lado hay unos 10.000 milicianos iraníes y unos 8.000 de Hezbollah que luchan junto al gobierno de Bashar al Asad.

Los intereses geopolíticos de las potencias en la región son muy conocidos: Rusia mantiene alianzas estratégicas con Irán y Siria, país este donde mantiene una base militar, la única que le da acceso al Mediterráneo. EE.UU., por su parte, mantiene alianzas con múltiples países de Oriente Medio, en especial con Jordania, Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudí y Catar. En Arabia Saudí, mantiene instalaciones militares, pero es en Catar donde mantiene una importante base militar. Pero detrás de ellos, en la guerra de Siria, figura una cuestión económica capital: la de los hidrocarburos.

Antes de que empezar la guerra civil en Siria, existían dos grandes proyectos para construir un gasoducto para transportar el gas de Oriente Medio hacia Europa. Uno proveniente de Catar que debía pasar por Siria y Turquía, país que se vería beneficiado de que el gasoducto pasara por su territorio. El otro provenía de Irán, que debía pasar por Irak, Siria y el fondo Mediterráneo hasta llegar a Grecia camino de Europa.

En Catar, de sus recursos en hidrocarburos, dos tercios son gas y un tercio petróleo. Así, tenía un especial interés en que su proyecto de gasoducto fuera el escogido, pues en la actualidad su gas se tiene que transportar en buques cisterna, que comporta mayores costes que el gas ruso que llega a Europa mediante gasoductos. Pero Bashar al Asad -seguramente presionado por Rusia- no dio permiso para que el gaseoducto de Catar pasara por territorio sirio. Resulta evidente que Rusia prefería que el gasoducto fuera construido por Irán, un país con quien mantiene buenas relaciones y al que suministra armamento. Este gasoducto tenía capacidad para transportar 110 millones de metros cúbicos al día y estaba planeado desde 2010, con un presupuesto de 10.000 millones de dólares. Al Asad estuvo de acuerdo y firmó un preacuerdo con Irán en 2012 y que finalizaría en 2016, pero la guerra civil paralizó el proyecto.

Así, resultan evidentes los intereses de muchos países de la región, en especial de Catar, pero también de EE.UU. en parar el proyecto de gasoducto de Irán, como también su implicación en la guerra civil Siria apoyando a los rebeldes.

En definitiva es una guerra más por el control de los hidrocarburos de Oriente Medio, mientras Siria se desangra en una tragedia humana de dimensiones colosales con más de 300.000 muertos, un millón de heridos, 7,5 millones de desplazados internos, 4 millones de refugiados en el exterior, miles de encarcelados y desaparecidos, y 12 millones de personas adultas que necesitan ayuda humanitaria.

Las guerras por el control de los hidrocarburos y otros recursos siguen su curso. No importan los efectos colaterales: cientos de miles de muertos, extinción de recursos no renovables, efecto invernadero, migraciones masivas y previsible colapso de los humanos en el planeta. ¡Radicales del mundo uniros!