Opinion · Crónicas insumisas

Refugiados de la globalización y la guerra

Pere Ortega, Centre Delàs d’Estudis per la Pau

La guerra es la causa principal de la gran hecatombe humanitaria que representan los más de 65 millones de personas refugiadas y desplazadas que hoy tenemos en el mundo. Siria, es sin duda el país que sufre la guerra más cruenta, pero hay más: Afganistán, Irak, República Democrática del Congo (RDC), Somalia, Sudán del Sur, Yemen, Eritrea, Burundi, Libia, Mali, Nigeria, Ucrania que también las sufren; sin olvidar la tragedia del pueblo palestino, la más antigua (1948), cuando Israel expulsó a 800.000 palestinos de sus territorios y que hoy suman cinco millones de refugiados repartidos por otros países.

Esos 65 millones de desplazados de hoy, han aumentado en cinco millones respecto a 2014. De los cuales, 41 millones son desplazados en su propio país, y el resto han traspasado fronteras buscando refugio y asilo en otros países.

Los países que sufren mayor número de población desplazada interna por orden son: Colombia, 6,9 millones que, aunque han alcanzado un acuerdo de paz, queda por resolver el problema de sus desplazados; Siria 6,6 millones; Irak, con 4,4 millones; RDC, 2 millones. Mientras que los países que expulsan población y se refugian fuera de sus fronteras son: Siria, con 5 millones; Afganistán, con 2,7 millones y Somalia, con 1,1 millones.

De la mayoría de estas guerras no está exenta de responsabilidad la Comunidad Internacional, y en especial Estados Unidos y sus aliados europeos. Pues en la mayoría de esas guerras, los países del bloque occidental han intervenido como un actor más, ya sea por intereses geopolíticos, ya sea por cuestiones económicas para favorecer los intereses de corporaciones en la apropiación de recursos, ya sean hidrocarburos, minerales o simplemente por el control de sus economías. Países que no están exentos de responsabilidad, pues se han involucrado a fondo interviniendo militarmente para derrocar gobiernos no afines y sustituirlos por gobiernos dóciles a esos intereses.
En ese sentido, es indigna la respuesta de la UE ante la crisis de refugiados que ahora se agolpan a las puertas de Europa para encontrar asilo. Una UE que paga a Turquía para que los acoja e impida su llegada; que encarga a la OTAN la vigilancia del mar Egeo y devuelva a Turquía a refugiados; que refuerza el proyecto FRONTEX, una agencia de control de fronteras creada en 2003, con misiones policiales, aéreas y navales de intervención rápida, equipadas con material militar pesado, aviones y helicópteros de combate y buques de vigilancia marítima en misiones en el Mediterráneo. Una zona que la UE considera como “primera línea de defensa” en las fronteras del sur de Europa.

Lo más triste e indignante, es que la cuestión de los refugiados no ha sido abordada por la UE como un derecho humano amparado por acuerdos internacionales y la ONU, sino por el peor de sus lados, como si éstos vinieran a perturbar el bienestar de la ciudadanía europea. Sin entender, que la seguridad ha de ser global, porque vivimos en un sólo mundo que está interconectado, y lo que ocurre en cualquier lugar nos afecta a todos.

Recordemos que en su lado negativo, la globalización se impuso para favorecer el denominado “neoliberalismo”, en provecho de transnacionales y corporaciones financieras. Neoliberalismo que de la mano de las grandes potencias y sus agencias, FMI, BM, OCDE, desembocó en políticas de ajuste estructural para muchos países, con efectos traumáticos para su población: pobreza y desigualdad, cuando no conflictos armados.

Entonces, Europa con sus políticas neoliberales son causa de esas oleadas de refugiados que huyen de la guerra y la pobreza e intentan alcanzar algunas migajas de la paz y seguridad que se viven en suelo europeo. O se pone remedio a las guerras y las desigualdades, o esos 65 millones continuarán aumentando y llamando a las puertas de Europa.