Opinión · Crónicas insumisas

La Unión Europea a la deriva

Pere Ortega, Centre Delàs d’Estudis per la Pau

La Unión Europea reúne 28 estados de los 52 que conforman Europa, es decir, poco más de la mitad. En ella conviven estados con regímenes políticos más o menos democráticos, pues los hay con más, por ejemplo Reino Unido; y con menos, Hungría. La UE se fundó con la pretensión de armonizar la vida política, económica y social de sus miembros bajo los principios humanistas de libertad, igualdad y solidaridad. Aunque, todo hay que decirlo, la UE nunca ha sido un proyecto democrático, como así lo demuestran sus estructuras. Ahí tenemos la Comisión Europea con unos funcionarios que obedecen al Consejo Europeo que forman los Jefes de Estado, y este organismo cede escasas competencias al legislativo, el Parlamento Europeo, que es una figura contemplativa que emite resoluciones que luego los estados no cumplen.

Esa ausencia de democracia se plasmó en los tratados de Maastrich, primero, después con la frustrada Constitución de Lisboa y finalmente la llegada de la crisis de 2007, la acabó de rematar, pues la UE se configuró a la medida de los intereses de las grandes corporaciones, no de los ciudadanos, pues lo social quedaba desprotegido frente al proteccionismo que se aplicaba al libre comercio y al movimiento de capitales. A partir de ahí, y con la anterior instauración del euro, los estados con economías más débiles empezaron a desestabilizarse. Estos estados, padecían de unas balanzas de pago desequilibradas por sus escasas exportaciones, eran muy dependientes de la inversión exterior y con el euro se encontraron que esta moneda no les permitía aplicar políticas monetaristas de devaluación y sus economías retrocedieron o se hundieron (Grecia, Portugal, Irlanda, España, Eslovenia, Chipre, Eslovenia, Lituania, Letonia, Estonia, Eslovaquia y Malta). En cambio, los países con economías más fuertes conducidos por Alemania con mano de hierro, marcaron el camino de la austericidio como única política económica para salir de la crisis. Los países más deprimidos y débiles se hundieron en el pastizal del pago de la deuda, sin otro recurso que aumentar la espiral de su deuda pública y aplicar los bien conocidos ajustes de la CE: reducir el gasto en infraestructuras, ayudas al trabajo y gasto social. Mientras se les exigía el pago de su deuda exterior, que en su mayoría habían contraído con las entidades financieras alemanas, también, pero en menor cuantía con francesas, inglesas y el FMI. Unas entidades financieras que habían creado la “gran estafa” de las subprime, promotoras de la crisis, y para mayor escarnio, aquellas entidades que se hundieron, fueron reflotadas con dinero público por los estados.

Las consecuencias son de sobras conocidas, millones de personas fueron arrojadas fuera del sistema y el estado no se hizo cargo de ellas. Esta crisis hizo crecer la desconfianza de la ciudadanía hacía la UE, animando a las políticas nacionalistas y populistas en muchos estados, que empezaron a reclamar la salida de ese club bajo eslóganes claramente xenófobos y racistas contra la emigración a la que culpaban del deterioro social. Así, los partidos de extrema derecha, racistas, populistas o simplemente anti UE se extendieron por un buen número de países europeos Austria, Francia, Holanda, Hungría… y gobiernan en Polonia y animó en el Reino Unido a los partidarios del brexit a salir de la UE.

La crisis económica, junto a la llegada de refugiados que huyen de nuestras guerras en Siria, Irak, Afganistán, Libia,… o de las miserables condiciones de vida de muchos países subsaharianos, está dando alas a ese nacionalismo xenófobo que quiere romper la UE y volver a políticas aislacionistas.

Ante esta situación, los movimientos sociales opuestos al neoliberalismo se encuentran desorientados, unos pregonan salir de la UE y recuperar sus monedas nacionales para poder ajustar sus economías; mientras otros, llaman a movilizarse contra la UE para transformarla en un ente democrático que defiende los valores que la vieron nacer (repitamos): libertad, igualdad y solidaridad. Me inclino por estos últimos, pues lo contrario es dar alas a los movimientos antisociales que predican el nacionalismo insolidario.

Por si acaso nos hemos olvidado, se debe recordar, que vivimos en un sistema global, donde casi todo está interrelacionado, especialmente, la política, la cultura y la economía. Sin duda es un sistema imperfecto, pero para enfrentarse a las perversiones del sistema neoliberal que gobierna el mundo, no se puede retroceder en la historia y pregonar el aislacionismo, pues la autarquía ya no es posible cuando todo es interdependiente. Lo que se debe hacer es avanzar en la creación de redes sociales que prediquen que es posible hacer las paces en lo estructural, cultural y social, tanto a escala europea como mundial.