Opinion · Crónicas insumisas

El imperio derrotado

Pere Ortega, Centre Delas d’Estudis per la Pau

Hacía falta ser un lerdo para no darse cuenta de que las políticas llevadas a cabo por Estados Unidos tras el final de la Guerra Fría en 1989, eran un absoluto desastre para el mundo. Hacía falta ser un insensato pensar que la solución a los conflictos que entonces vivía el mundo, y en especial la región con el mayor número de ellos, Oriente Medio, se podían resolver apoyando las dictaduras que sometían a sus pueblos. En cambio, algunas gentes de buena fe, pensamos se podía aspirar a un nuevo orden mundial basado en dividendos de paz como predicó el PNUD de 1991. Pero el imperio vencedor de aquella contienda, en lugar de administrar la paz se dedicó a crear un nuevo orden basado en el dominio mediante alianzas, a veces militares (expansión de la OTAN), a veces económicas (OMC, APEC, ALCA), que permitiera la expansión de su sistema, ya saben ustedes, el capitalista.

No es que la etapa de la Guerra Fría fuera mejor, pues estuvo presidida por un enfrentamiento continuo entre las dos potencias con múltiples guerras en la periferia de sus imperios, que a su vez nos amenazaban con el terror de una guerra nuclear. Pero una vez vencida Rusia, EEUU lo hizo tan mal, que en lugar de darle la mano para ayudarla, se dedicó a humillarla. Los primeros pasos belicosos, fueron la expansión de la alianza militar OTAN hacia sus fronteras. El segundo, más tenebroso, fue la anulación del acuerdo ABM que impedía construir escudos antimisiles y aseguraba la destrucción mutua en caso de guerra nuclear. Sin duda una barbaridad, pero la disolución del ABM de manera unilateral por parte de EEUU y la posterior instalación de un escudo antimisiles en Polonia y República Checa dejaba indefensa a Rusia ante los misiles nucleares de EEUU y presagiaba nuevos enfrentamientos para el futuro.

Los desaciertos de EEUU continuaron. Había sembrado odios por todo el Oriente Medio, apoyando a Israel en los desmanes contra palestinos; apoyado a Bin Laden y yihadistas en Afganistán para expulsar la URSS; desencadenado guerras en Afganistán, Irak y Libia; apoyado golpes militares en Paquistán y Egipto; ayudado a los rebeldes que se levantaron en armas contra el régimen de Al Asad en Siria; apoya la guerra actual de Arabia Saudí en Yemen. Y lo peor, iniciar una guerra contra el terrorismo que ellos mismos habían auspiciado y que ahora ataca por todo el mundo.

Resumiendo que por donde pasaba el caballo de guerra de EEUU surgía el caos. Pero la llegada al gobierno de Rusia de Vladimir Putin, cambio el rumbo de las cosas. El nuevo líder ruso con la ayuda prestada por la subida del precio de los hidrocarburos, relanzó el poder de Rusia como potencia en el tablero mundial y la ocasión la tuvo, primero en Georgia en 2008, después en Ucrania con la anexión o recuperación de Crimea en 2014, y hoy en Siria.

Así, la toma de Alepo por las tropas de Al Asad con la ayuda de Rusia ha representado una derrota estrepitosa de la política exterior de los EEUU en el Oriente Medio. Mientras que, por el contrario, para la Rusia de Putin, ha sido una victoria que coloca a Rusia como virtual ganador de la controvertida partida de ajedrez (guerra) que ambas potencias juegan en la región.

El desbarajuste de la guerra de Siria, donde cada una de las potencias y estados han jugado sus cartas en favor de sus intereses particulares ha sido un desastre para el pueblo sirio, pero también para la paz en Oriente Medio y el mundo. EEUU, Europa occidental, Turquía, todas las petromonarquías han apoyado a los rebeldes, incluidos el ISIS y Jabhat Fateh al-Sham, antigua Al-Nusra vinculada a Al-Qaeda (Robert Fisk), aunque en ocasiones, no demasiadas, algunos de esos estados las han bombardeado. Por otro lado, Rusia, Irán y la milicia de Hezbollá de Libano, han apoyado al gobierno de Al Asad. Pero ese caos, tras la caída de Alepo y el acuerdo inesperado entre Rusia y Turquía, un socio privilegiado de la OTAN, ha dado un vuelco inesperado que abre un nuevo escenario, un alto el fuego que parcialmente se está produciendo y unas conversaciones que pueden finalizar la guerra.

La próxima llegada de otro fundamentalista (ya lo fue George Bush jr) Donald Trump a la presidencia de EEUU no presagia nada bueno. Para construir la paz se necesitan de más actores que Donald Trump y Vladimir Putin negociando. Se necesitan Estados dispuestos a declararse insumisos de las potencias, que se solidaricen y sacrifiquen en ayudar al desarrollo de los derechos humanos de todas las poblaciones. No lo harán, pero nosotros lo continuaremos exigiendo.