Opinion · Crónicas insumisas

Rebeldía en el mundo rural, en la periferia

Tica Font, Centre Delàs d’Estudis per la Pau

Mucho se ha hablado de la victoria electoral de Trump gracias al voto rural de la américa profunda. Lo mismo ha sucedido con el voto del Brexit en Reino Unido, donde la mayoría rural o la periferia de las metropolis, es la que ha dado apoyo a la salida de la UE. El último gran fenómeno el de los “chalecos amarillos” en Francia representa el mismo fenómeno “primero nosotros”; su detonante, que no causa, fue la subida de los impuestos al carburante, subida que colmó el vaso de frustraciones y del lento empobrecimiento de las capas medias de la sociedad no metropolitana. La Globalización ha comportado un declive del mundo industrial, muchas empresas o han cerrado o han reducido sus puestos de trabajos, ya que no podían competir con los productos importados producidos en otros países por su bajo coste. De esta manera muchas personas han visto cómo sus salarios bajaban, y las prestaciones económicas solo llegan para pagar el alquiler y los gastos de la casa; la precarización, el empobrecimiento y la fragilización social han expulsado a la gente más joven hacia las grandes ciudades. En los últimos años hemos visto como muchas personas han abandonado el cultivo del campo y han abandonado las ciudades pequeñas y medias hacia las metrópolis en busca de oportunidades de trabajo.

Los macro indicadores económicos muestran que la economía crece, que se genera riqueza, pero esa riqueza se situa en las grandes ciudades, que es donde se genera empleo, esta reorganización territorial de la desigualdad, el empleo y la vida afecta mayoritariamente a las clases medias periféricas que son las que cada vez tienen trabajos peor pagados y precarios y en ciudades pequeñas y medianas que se van despoblando y en las que los recortes presupuestarios hacen disminuir la calidad de los servicios sanitarios, educativos o sociales.

Trump, Brexit, “chalecos amarillos” (chalecos que se utilizan en la carretera para ser vistos), son el resultado de 50 años de globalización, de recomposición económica, son la expresión de hartazgo, de rebeldía, de levantar la voz, de poner de manifiesto que la periferia también existe y que quieren vivir con dignidad y con los mismos estándares sociales y de calidad de los servicios públicos de las metrópolis. Este fenómeno no es coyuntural, viene para quedarse y es fruto del proceso de marginación social de las clases medias periféricas, de obreros industriales, empleados, autónomos, pequeños empresarios, campesinos o trabajadores públicos; todos ellos formaban la base de la clase media y han sido sacrificados en el modelo económico de la globalización y han sido abandonados por las elites políticas que reducen la participación política de la sociedad al voto cada cuatro años.

Los primeros que han sabido captar este malestar social han sido los populistas, son los primeros que han sabido ver que las clases populares no se sienten representadas por los partidos tradicionales y son los que han lanzado el mensaje más simplista posible, el causante de todos los males está en “el otro” está en los inmigrantes que accediendo a un trabajo o que accediendo a servicios sanitarios y sociales y nos deja a “nosotros” sin trabajo o servicios sociales o a las mismas mujeres que en la medida que reivindican acceder al mundo laboral y en las mismas condiciones que los hombres también forman parte de ese “otro” que amenaza “nuestro” futuro.

El éxito del populismo y de la banalización radica en el uso masivo de la mentira como instrumento político y radica en situar como enemigo a otro colectivo de personas sin cuestionar que los problemas que han provocado esta rebelión son estructurales, es del propio sistema económico, de la desregulación y de la desprotección de las personas.

Lo peor que podemos hacer es comprar y aceptar la visión que la culpa del empobrecimiento de las periferias es debido a la migración, lo peor que podemos hacer es enfrentarnos entre grupos humanos, si a principios de la era industrial la confrontación real no era entre trabajadores manuales y trabajadores industriales, ahora la contradicción no es entre trabajadores autóctonos y trabajadores inmigrantes. Todos somos víctimas de una violencia estructural que provoca la desigualdad social. El reto es saber encauzar nuestras emociones y nuestros proyectos de manera que nos dignifiquen como humanos.