Opinion · Crónicas insumisas

Los programas electorales y la seguridad

Pere Ortega, portega@centredelas.org

Leer la parte de los programas electorales que los partidos de izquierda radical (entendiendo por ésta que va a las raíces de los problemas), dedican a la Seguridad es descorazonador, se nota, que la izquierda nunca ha tenido propuestas para una cuestión tan importante como es la Seguridad de las personas y ha dejado en manos de los partidos conservadores y liberales formularse esta cuestión.
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En su versión clásica la seguridad tiene como objetivo la defensa del estado, tanto para prevenir amenazas y peligros provenientes del interior como del exterior. Un modelo de seguridad que comporta una preocupante tendencia a la securitización, tanto por medios militares como policiales. Este ha sido el modelo que siempre han sostenido los partidos conservadores

En 1994, Naciones Unidas a través del PNUD desarrollaba el nuevo concepto de Seguridad Humana, donde las personas se convertían en el centro de preocupación de todas las políticas públicas y hacer frente a los problemas de inseguridad tanto de carácter global y transfronterizo como internos, considerando que los seres humanos están profundamente interconectados en un escenario global donde las principales amenazas surgían de la carencia de recursos para dar seguridad económica, alimentaria, de salud, medioambiental, personal, política y comunitaria. De aquí surgió que la seguridad tomara una perspectiva multidimensional, que vivimos en un mundo interdependiente y que por lo tanto las estrategias para abordar esta nueva realidad no podían ser estrictamente militares o policiales y que había que introducir estrategias diplomáticas, civiles, de cooperación al desarrollo… Esta nueva visión se fue desarrollando hasta culminar en las nuevas doctrinas de seguridad alrededor de la denominada “seguridad humana”.

La seguridad hay que formularla a partir de dos reflexiones, ¿quién es el sujeto de la seguridad? En este sentido había que cambiar el sujeto de la seguridad, desde el estado o de las élites a las personas. La segunda cuestión era abordar ¿a qué tipo de amenazas había que hacer frente? La propuesta de la seguridad humana consistía en ir más allá de la violencia física y asumir otros factores como los socioeconómicos y los medioambientales como esenciales para la supervivencia y la dignidad de las personas.

Es desde esa nueva formulación que la izquierda tiene que defender un modelo de seguridad propio, diferenciado del que proponen la política conservadora y en general todos los estados. Un modelo de seguridad que no ponga en el centro de su preocupación la persecución del conflicto y del delito, sino su prevención y transformación, evitando la securitización. Una política que aspira a transformar los conflictos dirigiéndose a las raíces y causas que los provocan y diversificando la intervención a través de los diferentes actores de que dispone el estado para intervenir en los conflictos y que no son únicamente policiales.

Pongamos un solo ejemplo, el terrorismo, el que más preocupa a los estados europeos y recogido en la Estrategia Europea de Seguridad (EES) de la Unión Europea, donde se recogen los peligros y amenazas a los cuales Europa tiene que hacer frente en escenarios que afectan a la seguridad. Se describen: el terrorismo; el crimen organizado; la ciberseguridad; la seguridad energética; el cambio climático que puede dar lugar a catástrofes naturales; la emigración; proliferación de armas de destrucción masiva; y los conflictos armados que pueden desestabilizar la paz. A excepción de los conflictos armados, el resto no puede tener respuesta desde el ámbito militar y los ejércitos y las policías convencionales por sí solas no pueden ofrecer soluciones, sino que deben intervenir toda una multiplicidad de agentes y servicios para paliarlos.

El terrorismo, según se desprende de la EES, se ha convertido en la principal amenaza. Preocupación que surge de los atentados que en algunos estados se han producido y que se ha traducido en medidas de seguridad que han recortado derechos y libertades para la ciudadanía y que, de manera especial, afectan a los seguidores del islam. Un terrorismo que se ha convertido en un mito, porque según el Index Global de Terrorismo (GTI) que elabora el Instituto de Economía y la Paz (IEP 2017), en 2016 los muertos por terrorismo en los países de la OCDE solo representaron un 1% y el 99% restante se dio en los países que sufren conflictos armados y de religión mayoritaria musulmana. Así el riesgo de morir en un atentado terrorista en Europa es de uno entre un millón y tres millones según los países. Mientras que el riesgo de morir en un accidente de tráfico es de uno entre 23.000. ¿Dónde debería ser más intensa la preocupación por la seguridad, en el tráfico rodado o en el derivado del terrorismo?

Lo que hace falta es ir a las causas que provocan el terrorismo y, por tanto, analizar los procesos que conducen a la radicalización de jóvenes que se enrolan en el yihadismo violento.

El yihadismo como fenómeno político surge de las guerras iniciadas por Estados Unidos y sus aliados en Afganistán e Iraq. Guerras que provocaron una reacción de las poblaciones de estos países como respuesta a la ocupación extranjera. Guerras que después con diferentes variantes han tenido continuidad en Libia, Siria y Yemen, y que en todos los casos han comportado mucho sufrimiento para las poblaciones afectadas y que ha contribuido a crear una gran frustración en los pueblos del mundo musulmán. Porque los centenares de miles de muertos, los millones de refugiados, la destrucción de viviendas e infraestructuras han hecho retroceder en décadas las condiciones de vida de las poblaciones afectadas, comportando rechazo y odio hacia los causantes de tantas atrocidades.

Son estas violencias cometidas sobre el mundo musulmán las que dan alas a la aparición de diferentes grupos yihadistas en muchos países. Unos grupos yihadistas que afirman que los occidentales fueron a hacerles la guerra, a bombardear sus ciudades y matar a sus gentes, y como respuesta, declararon la guerra a Occidente y llamaron a atacar los intereses occidentales en cualquier lugar.

En el caso de la juventud europea de religión musulmana que se apunta al extremismo violento. A las frustraciones mencionadas, hay que añadir el desarraigo que sufren algunos de estos jóvenes como causa que los puede empujar a radicalizar su pensamiento y acciones. La mejor forma de combatir la no integración de esa juventud es solucionar las arbitrariedades siguientes:

• falta de papeles que regulen su residencia;
• falta de derechos políticos, por ejemplo, no tener acceso al voto o disfrutar de la acogida de instituciones;
• dificultades de acceso al mercado de trabajo;
• falta de reconocimiento a su cultura y religión;
• impedir la aparición de barrios gueto que favorezcan la marginación y combatir los existentes.

Unas acciones que deben de ir acompañadas de un cambio radical en la política exterior que, en lugar de dar cobertura a las guerras iniciadas en países de mayoría musulmana tenga como objetivo conseguir la paz. Ese es el camino para implementar una seguridad humana frente al extremismo violento y no el buscarlo con medidas de securitización policial o militar.