Opinion · Crónicas insumisas

Las contradicciones del Procés catalán

Pere Ortega

Las aguas andan revueltas en el bloque soberanista que promueve la independencia de Catalunya. Un bloque que, a pesar de las apariencias, nunca se ha mantenido unido, pues la lucha por la hegemonía política siempre ha sido dura y encarnizada entre sus miembros, el espacio postconvergente (con sus diversos nombres), ERC y la CUP. Pero después de las elecciones municipales del 26-M, estas diferencias se han convertido en abismales y cada uno de los partidos ha hecho de su capa un sayo y ha tirado por la borda la unidad estratégica para pactar de acuerdo con los intereses particulares de cada uno de los partidos en su acceso a los organismos en que se podía acceder al poder, tanto en ayuntamientos como en consejos comarcales y diputaciones.

Esto que para los movimientos cívicos ANC y Ómnium resulta un grave problema para conseguir sus objetivos de autodeterminación e independencia, no lo es para el sentido común de la política, ni para los partidos políticos que están inmersos en ella, pues forma parte de la lógica común que se establezcan pactos de gobernabilidad según la realidad política de cada coyuntura local. Baste sacar a colación a un maestro de la estrategia política, a Maquiavelo, para él, la negociación y el pacto son las principales virtudes a las que el príncipe debe someterse antes que adentrarse por caminos más escabrosos. Dialogo, que sí la ocasión lo requiere, incluso debe contemplar al enemigo, siempre que sea por el fin último de conseguir objetivos políticos.

Esto en la realidad política de Catalunya se ha traducido en pactos un tanto inverosímiles y que escasos meses atrás eran imposibles. Pactos, que después del 26-M se han convertido en la piedra de toque para acceder al poder en muchos organismos catalanes. Así, se puede ver como ERC ha arrebatado 26 alcaldías a los postconvergentes, y en 7 casos gracias a los votos de socialistas, entre otras, ciudades tan emblemáticas como Figueras y Sant Cugat del Vallés. A la inversa, en 32 municipios JuntsxCat y PSC han pactado, de los cuales, cuatro han dado la alcaldía al PSC y el resto para JxCat, muchos en detrimento de ERC. Cierto es que, en 50 municipios la unidad soberanista ha funcionado y JxCat y ERC han pactado el gobierno de la ciudad, y conseguido ciudades emblemáticas como Lleida, Tarragona, Reus y Manresa, ciudades donde han contado con el apoyo, a veces de las CUP, en otras de Comuns/Podem.

Los lugares donde las chispas de enfrentamiento han surgido con más virulencia han sido para conseguir la alcaldía de la capital de Catalunya y en la Diputación de Barcelona. En el ayuntamiento de la ciudad condal el pacto de PSC con los Comuns ha llevado a Ada Colau a la alcaldía que, aunque empatados en concejales con ERC, los Comuns quedaron con escasos votos por debajo de ERC. Pero en la Diputación de Barcelona ha sido al revés, JxCat (7 diputados) en lugar de pactar con ERC (16 diputados) ha pactado con el PSC (16 diputados) y le ha entregado la presidencia de un organismo con mucho poder (un presupuesto de mil millones de euros).

No es un contrasentido, ni una traición al procés ni al soberanismo. Es puro pragmatismo político, fruto de la coyuntura política de cada espacio y momento político en que se vive, y que obedece a unas lógicas que tienen que ver con los intereses de acceso al poder para gobernar los territorios, y también con la consecución de objetivos políticos concretos que nada tienen que ver con los objetivos del procés.

Además, y este es el argumento de mayor peso, en unas elecciones, sí no se obtiene la mayoría absoluta, no gobierna quien más votos obtiene, sino quién es capaz de conseguir mayorías negociando y pactando. Y tampoco los pactos han sido contra natura, sino de ideologías que en la mayoría de los casos, y aunque algunos no les guste, se complementan. JxCat, ERC, CUP, PSC, CUP, Comuns y Podemos, tienen en lo concreto muchas cuestiones en las que pueden ponerse de acuerdo, dejando al margen a la derecha más dura, Ciudadanos y PP, partidos a los que en la mayoría de los organismos se ha dejado fuera de los pactos. Aunque en algún pequeño municipio alguna negociación ha habido; en Cabrera d’Anoia, Ciudadanos y ERC impidieron al PSC gobernar; y en Sant Vicent de Montalt, CUP, PSC, Ciudadanos y PP se juntaron para impedir que JxCat alcanzara la alcaldía que pasó a manos del PSC.

¿El procés independentista hace aguas? No, pero se ha entrado en otra dinámica, se ha abandonado la utopía para entrar en el pragmatismo político, aquel que arrincona principios para abordar la gobernabilidad concreta, que en definitiva es lo que quiere y necesita la ciudadanía, y no el sueño difuso que ofrece el procés. Y eso es la política municipalista, la que se ejerce para dar respuesta a las necesidades más próximas e inmediatas de la vida de las personas.

Después del 26-M, el procés ha entrado en una nueva fase. La multilateralidad se ha impuesto por puro realismo. Los políticos instalados en el frontismo de los bloques deberían ver en la diversidad que ofrecen los pactos municipales el camino para recuperar la convivencia entre las diversas sensibilidades de la ciudadanía catalana.