Opinion · Cuarto y mitad

Un monstruo entre nosotros

Uno de los recursos habituales de los medios de comunicación para explicar el horror que supone el asesinato o la desaparición forzosa, tortura y muerte de una mujer cualquiera, en cualquier rincón de la geografía española (por no hablar de otras zonas del planeta con el mismo problema pero que conozco menos) es la construcción del “monstruo”. Ese ser abyecto, perverso, de rasgos psicópatas contra los cuales la población inocente y normal grita “asesino”, “pena de muerte” o “cadena perpetua” cuando finalmente son detenidos.

De esta manera se encuentra una explicación tranquilizadora para el resto de la ciudadanía, señalando a aquellos individuos manifiestamente antisociales que han mostrado un comportamiento primitivo, animal, cruel. Es así como los demás podemos sentirnos mejores. Empezando por los desalmados autores del caso Alcàsser, hoy revisitado, Anglés y Ricart. Siguiendo por el asesino de Rocío Wannikoff y Sonia Carabantes, Tony  Alexander King, que a punto estuvo de endosar sus fechorías a  Dolores Vázquez. ¿Y qué decir del monstruo que acabó con la vida de Marta del Castillo? ¿O el que secuestró y tiró a un pozo a Diana Quer?  ¿O el ogro feroz que vivía plácidamente enfrente de la casa de Laura Luelmo? Por no hablar de otros tantos que han acabado con la vida de mujeres o las han agredido brutalmente, pero cuyos casos no se han hecho tan notables mediáticamente, no sabemos exactamente por qué, como el caso del monstruo que violó y arrancó los ojos a una joven en Avilés en el año 2000. Y eso sin contar los numerosos monstruos que asesinan a sus parejas o exparejas.

Hay tal cantidad de monstruos sueltos que algún cineasta audaz podría inspirarse para hacer una película, quizá Bayona, con una secuela de Un monstruo viene a verme II. ¿De dónde salen tantos monstruos? Esta es la gran pregunta que los medios de comunicación soslayan, recreándose en la representación mediática de estos hombres como individuos que parecen haberse criado en la jungla, sin principios, ajenos a la civilización, inadaptados, como manzanas podridas dentro de un cesto de relucientes y beatíficos frutos. A veces incluso como víctimas de la sociedad.

Sin embargo, estos monstruos han nacido y crecido en el seno de familias convencionales, asistido a escuelas comunes, alimentados, como todos, con la ideología de una sociedad patriarcal que desprecia a las mujeres, que las cosifica en todo tipo de producto ya sea publicitario, informativo, de ficción, de humor, pornográfico o en el video musical. Estos monstruos no son diferentes a todos los demás hombres que creen gozar de la prerrogativa de importunar a las mujeres a voluntad. Estos monstruos son parte de nosotros y no, no tienen ninguna marca con la que los podamos diferenciar.