Opinion · Cuarto y mitad

El sexo no existe, idiota

Hacia el año 1996 un grupo de mujeres italianas decretó que el patriarcado había desaparecido (y no por casualidad). Desde entonces hacen, viven y actúan como si este sistema de organización social no existiera.  Más o menos, por las mismas fechas alguna teórica posmoderna dictaminó que el sexo, como el género, era una construcción social. Desde entonces todo se ha convertido en género, de tal manera que ahora toca hacer ver que los cuerpos sexuados de la especie humana no existen, o si existen son irrelevantes. No solo casi se ha proscrito el uso de la palabra sexo, sino que sostener que solo existen dos sexos (y no seis o siete, como afirman algunos), y que sobre este binarismo biológico se ha construido la subordinación de las mujeres está en vías de convertirse en un sacrilegio, pues tales son las reminiscencias religiosas que evocan las furibundas diatribas de quienes abogan por defender que solo existe la identidad de género.

Género, un concepto que nació para poner de relieve cómo sobre los cuerpos sexuados macho y hembra se imponía un corsé cultural al que tenías que adaptarte si no querías ser una proscrita o proscrito de la sociedad. Sobre la diferencia sexual se cimentó todo el edificio de desigualdad que otorgaba a los hombres un papel hegemónico y a las mujeres uno subordinado.

A mi, como otros que también lo han puesto de relieve, me sorprende sobremanera que unas elaboraciones teóricas complejísimas sobre el género hayan sido tan ampliamente difundidas, y más aún, entendidas por tantísima gente dispuesta a saltarle a la yugular a cualquiera que ose ponerlas en cuestión. Es como ir contra la palabra de Dios. Yo no sé si llegará el día en el que aquellas feministas clásicas como yo tengamos que retractarnos en la plaza del pueblo, como Galileo, de nuestra creencia de que lo que hay que desactivar es el género, los mandatos culturales que nos impiden poder expresarnos a hombres y mujeres con libertad.

Cuando yo era niña era un marimacho de manual. Si fuese hoy día es posible que mis padres me hubieran bloqueado el desarrollo para que me adaptase a mi “verdadera identidad”, cuando lo que yo quería era subir a los árboles, correr, saltar, hacer todo aquello que hacían los niños y que no sabía por qué, estaba mal visto en las niñas. Afortunadamente, mis padres tenían cosas más importantes en las que ocuparse que preocuparse por mi identidad. Nuestros cuerpos sexuados no están equivocados, la que está equivocada es la sociedad, que tiene que dejar que las personas expresen su identidad como deseen.

Según el grupo de mujeres italianas de Milán, el patriarcado no existe. Según algunas teóricas, el sexo tampoco. Menos mal que nos queda la República catalana, que a diferencia de aquel Mosso d’Esquadra ignorante que reprendió a un manifestante, existe de verdad.