Opinion · Cuarto y mitad

Abusar de qué

Cada vez que leo u oigo que un individuo ha sido condenado por “abuso sexual” se me ponen los pelos de punta.  Hay palabras que ya llevan en sí misma el esquema mental con el que interpretamos el hecho.  Abusar no tiene un límite claro entre lo normal y lo excesivo. Es una cuestión de grado. Mientras que no se puede estar vivo y muerto a la vez, o medio embarazada, abusar tiene una continuidad: entre tomar dos copas de vino y tres botellas ¿dónde situamos el abuso de alcohol?  Si invitas a una amiga a tu casa para una semana y se queda tres meses, ¿dónde ponemos el abuso de confianza? El tema del abuso de autoridad lo dejo para otra columna, porque tengo mucho que decir sobre ello. Y así podríamos seguir poniendo ejemplos en los que no sabemos donde situar el límite entre “lo normal” y lo que se puede considerar abusivo.

Cuando se dice “un individuo abusó sexualmente de una menor” ¿qué estamos diciendo? ¿Qué empezó poniendo la puntita y después se le fue la mano? (por no ser grosera, entiendan que una es persona de cierta edad). ¿Que empezó con una caricia y luego degeneró en magreo? La misma palabra de abuso sexual lleva implícita la condescendencia desde la que se contempla: el individuo exageró un poco, pero vaya, tampoco es para tanto. Cuando hablamos de abuso ya estamos tomando partido por el agresor, a quien no se considera sino un «poco culpable», de la misma manera que cuando se abusa de la confianza de alguien reprochamos al abusado que no tuviera más carácter para plantar cara al abusón.

Especialmente despreciable es cuando se utiliza para referirse a actos contra menores o personas que ya de por sí no saben ni pueden saber lo que es el consentimiento ni pueden oponer resistencia por su edad o por su situación de vulnerabilidad. Todavía el año pasado se consideró abuso sexual una violación porque la menor no opuso resistencia (ver aqui )

¿En qué cabeza cabe que una menor -especialmente niñas pequeñas o personas privadas de su sentido o de su razón- puedan otorgar consentimiento? ¿No es ya de por sí bastante intimidatorio para un menor que una persona adulta doblegue su voluntad? ¿Tanto cuesta llamar a las cosas por su nombre? Cualquier conducta de carácter sexual practicada sobre una menor implica intimidación, y por lo tanto hay agresión y no mero abuso sexual. Y por supuesto, la mayor representación de la agresión sexual todo el mundo sabe como se llama como para andarnos con eufemismos: se llama violación.