Opinion · Cuarto y mitad

Decirle No a Dios

Hoy es Plácido Domingo, como ayer fue Harvey Wenstein, como mañana puede surgir otro famoso que anteayer abusara de su poder o de su autoridad al que se acusa de acoso sexual. El problema no es este o aquel, sino que la práctica ha sido  tan habitual entre famosos y no famosos que cualquier mujer que se ha sentido acosada por un superior ha vivido esa tesitura sobre “cómo decirle que no a Dios”, sea ese dios una megaestrella de la ópera o un mequetrefe supervisor de un supermercado. Cómo gestionar una persecución no deseada, cómo defenderte del manoseo, cómo negarte a un requerimiento de un superior cuando sabes que tu carrera, tu trabajo, tu promoción, tu supervivencia profesional puede sentirse amenazada por los deseos libidinosos de un individuo que se cree con derecho sobre tu cuerpo, y tiene poder para torcer el curso de tu existencia.

Siempre hay voces condescendientes –a veces provenientes de mujeres, como esa directiva de la SGAE–  que proyectan una sombra de sospecha sobre las denunciantes, porque claro, las que han sido acosadas nunca se sabe con qué intenciones se acercaron al ídolo, que por qué no denunciaron en su momento, que qué buscarían. Siempre hay mujeres –ellas sabrán por qué – que desean congraciarse con el agresor, que minimizan los hechos, que los cuestionan, que defienden el honor del acusado, que comprenden sus actuaciones, que no es para tanto, ya se sabe que las mujeres son tan pérfidas, interesadas o idiotas.

Yo recuerdo un abogado intachable en mi Málaga natal que perseguía y acosaba sexualmente a una secretaria que abandonó su puesto huyendo del abusador,  como recuerdo haberme tenido que defender de las insinuaciones y del manoseo de un profesor de la Universidad Autónoma de Barcelona que encima se creía irresistible. Como sé que continúan defendiéndose algunas estudiantes o doctorandas de sus profesores o directores de tesis.

Plácido Domingo se ha defendido diciendo que “los estándares y normas que regían antes no son las de ahora”, lo cual de alguna manera viene a reconocer que incurrió en comportamientos abusivos que él creía consentidos. Y es que cómo las mujeres no van a caer rendidas a mis pies, con lo encantador que soy y la capacidad de destruir o relanzar una carrera que tengo.  Pues bien, se ha acabado el chollo, y esos caballeros tan honorables que te manosean, besuquean o babosean van a tener que arrostrar las consecuencias, aunque estas no sean más que el desprestigio y el ostracismo social. Se tiene que acabar eso de que una mujer se vea en la situación de tener que renunciar a su promoción o a su trabajo por temor a  decir que NO a Dios. No metamos a Dios en lo que no es sino el más humano y odioso abuso de autoridad.