Opinion · Cuarto y mitad

Impuras

La menstruación va a entrar en política. Y no precisamente para reclamar que las compresas, tampones o copas menstruales sean consideradas productos de primera necesidad –como debiera ser en todo el mundo, pues es un aspecto que afecta a todas las mujeres sin distinción durante muchos años de su vida – sino precisamente para recordarnos que las mujeres somos impuras. Vale que  de momento es solo una iniciativa del gobierno de Israel, que ha lanzado una campaña con celebridades para que las mujeres se sometan al rito de purificación posmenstrual, pero dada la involución que está experimentando el mundo en temas de igualdad, no me extrañaría que cundiera el ejemplo y más de un partido llevara en su programa electoral el baño purificador –con agua del grifo, pues la de lluvia parece que va a escasear cada vez más–.

Puede que en nuestro entorno cultural esta iniciativa parezca un tanto estrafalaria, pero tampoco entre nosotros se han eliminado del todo los prejuicios en torno a la menstruación. Siendo como es una experiencia femenina universal, sorprende lo poco que se ha hecho referencia a ella en la literatura, el cine, las series, los cómics, la música, la pintura o cualquier otra manifestación cultural.  Solo me viene a la cabeza una escena de la película Mujeres del siglo XX (2016) en la que Greta Gerwig reivindica el término menstruación en una reunión familiar. También en la muy reciente  María, Reina de Escocia (2018) vemos un fotograma en el que una sirvienta ayuda a la reina a lavarse mientras vemos cómo resbala la sangre por sus piernas. Reparemos en que son dos películas muy actuales.

La menstruación sigue siendo tabú. Se habla poco y mal de ella. Las niñas viven su primera experiencia menstrual como si de un secreto se tratara, y pese a la liberalidad de las costumbres y la aparente revolución sexual, la regla sigue siendo un tema oculto, silenciado, no representado socialmente: así como es frecuente encontrar máquinas expendedoras de preservativos en lavabos u otras instalaciones públicas, las mujeres tienen que ser previsoras siempre, pues difícilmente encuentran unos aseos que expendan estos productos. ¿Es casual que se facilite más el sexo seguro e improvisado que una necesidad íntima femenina que afecta a la totalidad de las mujeres en edad fértil?

No he citado la publicidad, que ha pasado de no hablar del tema a coregrafiarlo como si de una actuación de Fama, a bailar se tratara. Y no sé si se han fijado, pero cabría preguntarse por qué para probar su eficacia en las compresas que se anuncian se vierte un líquido de color azul, además de añadir el sonsonete de que hay que sentirse limpia.  O todas las mujeres somos de sangre real o me parece que no estamos tan lejos del gobierno israelí cuando propone esa iniciativa electoral, que esperemos no copien los partidos más ultramontanos. Y puestos a considerar impura la sangre menstrual, ¿por qué no hacer lo propio con los fluidos corporales masculinos tan blancuzcos y viscosos?  Ay, Dios, esa desigualdad abismal.