Cuarto y mitad

Libre elección

Empecemos por el principio. Porque no sabemos si en principio fue la palabra o el silencio. En cualquier caso, toda esta polémica en torno a la educación, el pin parental y la censura educativa tiene que ver con el sacrosanto principio (de ahí la primera frase) del mito de la libre elección.  Un mito que se ha entronizado en el pensamiento actual y que han adoptado acríticamente importantes segmentos de la población.

Si defendemos el principio de la libre elección tendremos que acordar que no sirve solo para defender las cosas que a mi me gustan, pero no las que no me gustan. Si aceptamos que tenemos derecho a elegir, y que la libre elección es sacrosanta como nos dicta el neoliberalismo, pero también algunos sectores del feminismo, hay que estar a las duras y a las maduras. Si decimos que se elige ser prostituta, se elige alquilar el útero para gestar una criatura,  se elige tirarse por la ventana, tendremos que aceptar que los padres elijan la educación que quieran para su descendencia, elijan no aceptar una transfusión de sangre o elijan educar en casa. ¿Por qué vamos a aceptar que hay libre elección para unas cosas pero no para otras? ¿Dónde ponemos los límites entre lo que podemos elegir libremente y lo que no?

El problema es otro. Y es que no existe la libre elección. Que los seres humanos estamos condicionados en nuestras elecciones por muchas cosas. Que yo soy yo y mi circunstancia, que no vivimos en un mundo ideal donde los individuos tienen libre albedrio para hacer lo que les venga en gana. Que nadie elige jugarse la vida en una patera, ni gestar una criatura para otros, ni pasarse 10 horas en una carretera o en un club esperando clientes, ni dejarse sodomizar por 10 euros, ni trabajar sin contrato, ni tantas y tantas cosas que las circunstancias nos obligan a elegir. Claro que nadie pone una pistola en el pecho para que hagas algo, pero las condiciones materiales y otros condicionantes sociales son los que deciden lo que se puede elegir y lo que no.

Como no vivimos aislados en una isla desierta ni en una burbuja, sino que vivimos en sociedad, tenemos que organizar la existencia colectivamente y establecer las reglas de juego entre todos. Algunos preferirían que volviésemos a una situación en donde dominara la ley del más fuerte, del mejor dotado, del más rico, del más poderoso, donde no se impusiera más voluntad que la de cada cual.  Pues va a ser que no. Entre todos tenemos que acordar lo que se puede o no hacer, tanto si nos gusta como si no.

Ya nos podemos ir quitando de la cabeza esa idea de la libre elección, sea el tema que sea. Y por lo que respecta a la educación, solo con una formación rigurosa, racional, respetuosa, democrática y acorde con la realidad y el conocimiento científico se pueden combatir tierraplanistas y otras ocurrencias siniestras.