Cuarto y mitad

Hombres con tacones

Ya estoy deseando que lleguen los Oscars de 2021 –perdonen mi impaciencia– para ver en la alfombra roja una reata de hombres con frondosos vestidos de gala, en la estela del protagonista de Pose, Billy Porter.  Será estupendo ver cómo se afanan en realzar los corpiños, conjuntar los zapatos, rivalizar con los otros en el look más atrevido, el más elegante o el más desafortunado.

Los medios y las revistas se centrarán en escudriñar y diseccionar cada detalle de sus indumentarias, pedirles que posen en el Photocall en posturas seductoras, mostrando la espalda o insinuando los pectorales, u otras partes más ocultas, pero que seguramente seguirán teniendo bajo el refajo.

Esto de llevar faldas ya lo intentó un pionero Miguel Bosé cuando todavía no teníamos ni internet, y más recientemente ha vestido de esta guisa a sus polluelos. También han probado la falda el diseñador Marc Jacobs, Ricky Martin, y hasta el machísimo Maluma, para que no se diga que llevar faldas está reñido con estar enamorado de cuatro babies. Pese a estos intentos la mayoría de los hombres –escoceses aparte– se resiste a embutirse en vestidos de fantasía.

Pero ahora, que estamos en plena ola de exaltación de lo trans y el género fluido, vivo sin vivir en mi porque cunda el ejemplo de Billy Porter y el año que viene tengamos un ramillete de hombres vestidos de gasas, transparencias y paillettes, acompañado todo ello con tacones de aguja de Jimmy Choo o Louboutin.

Esta presencia de nuevas masculinidades que tantas estamos reclamando seguramente tendrá su reflejo en otros ámbitos de la vida social, y así es de esperar que los miembros de los Consejos de Administración de las empresas, los comités de los partidos políticos, los Parlamentos y hasta los mandatarios del G-20 empiecen a lucir trajes con falda tubo, medias de rejilla o vestidos de fantasía. Como no hay dos sin tres, tendrán que acompañar el estilismo o outfit, como ahora se dice, con un cuidado maquillaje y unos complementos en armonía, todo lo cual los llevará a pasar horas y horas en las boutiques o los grandes almacenes, los salones de belleza y las mesas de depilación. ¡Ay! esas partes sensibles.

Como serán pasto de rumores y atención preferente de los medios de comunicación tendrán que dedicar cada vez más tiempo al cuidado personal, a renovar cada temporada sus fondos de armario y probarse dos o tres conjuntos antes de salir a la calle.  Y no digamos los esfuerzos estéticos o de otro tipo que tendrán que hacer para conseguir la promoción profesional. Vean como ejemplo las mujeres de la también nominada a los Oscars El Escándalo (mejor aún la serie La voz más alta, no se la pierdan).

Igualados, al fin, en la superficialidad y la apariencia, en esta posmodernidad banal en la que los países supuestamente ricos estamos entretenidos, inmersos los colectivos más concienciados en discusiones bizantinas, derrotados el feminismo y la racionalidad, a esto hemos llegado amigas, después de siglos de lucha contra la desigualdad.