Cuarto y mitad

El retorno de la realidad

Una de las cosas buenas  que esta pandemia  va a traer es que de golpe hemos aterrizado en el terreno de la realidad. Creo que durante ya demasiadas décadas hemos vivido –no todos, ni en todas las zonas del planeta, sino en las más opulentas– en una especie de ensueño posmoderno diseñado como un anuncio publicitario: consumo sin fin, despilfarro de bienes y servicios, hedonismo, bienestar, individualismo, emprendimiento. Gran parte de la responsabilidad de que estas actitudes se hayan impuesto la tienen algunos pensadores (y pensadoras) que han extendido teorías muy sugerentes pero contrarias a la realidad: el fin de la historia, la muerte del sujeto,  la inexistencia del sexo, la importancia de las identidades, la supremacía del deseo, el relativismo cultural… teorías todas ellas elaboradas por personas bien estantes e influyentes que, aparte  de pensar, enseñar en la Academia y conseguir éxito y fama, no han dado un palo al agua en toda su vida ni han experimentado en carne propia ninguna de las desventajas o discriminaciones que millones de seres humanos han soportado con estoica dignidad.

En las últimas décadas hemos incorporado como dogmas de fe ideas o elucubraciones que pueden ser muy interesantes, pero que no se sostienen cuando se confrontan con la realidad: así, hemos estado a punto de condenar al ostracismo a personas, por ejemplo, por sostener que el sexo biológico no solo existe, sino que es la base de la desigualdad entre hombres y mujeres, o que ser hombre o mujer no es ni un sentimiento ni una identidad. Hemos incorporado acríticamente una jerga que casi nadie entiende, aunque todo el mundo utiliza, como performativo, agencia, empoderamiento, discursivo y enviado a la hoguera a todo aquel o aquella que no comulgue con esta nueva secta cultural.

La extensión de estas teorías ha tenido un efecto inmediato en las sociedades, y así hemos abandonado por caducas ideas que sostenían la importancia de lo económico y material, las condiciones de vida o la estratificación sexual y nos hemos refugiado en el calor de la tribu, en la identidad grupal, como si entre los diferentes grupos no hubiera también desigualdad:  no todos los negros son pobres, ni todas las latinoamericanas son asistentas de hogar, ni todas las blancas son ricas,  ni todos los gays están marginados, ni todas las personas discapacitadas se enfrentan a los problemas en situación de igualdad. Esta deriva ha llevado incluso a legislar basándose en el deseo y no en la necesidad.

Yo espero que esta crisis que ha conseguido aislarnos, pero al mismo tiempo unirnos en una misma y frágil identidad humana, nos haga reflexionar sobre las derivas posmodernas y volvamos a reiniciar la historia desde la sensatez y la racionalidad, despertar del duermevela fantasioso y poner los pies, de nuevo, en la cruel y tozuda realidad.  El feminismo en el que creo tiene mucho que decir sobre la necesidad de un nuevo pacto social que no excluya a nadie, y que reformule la clásica tríada de libertad, igualdad, fraternidad… y sororidad.