Cuarto y mitad

La vida en el centro

Las feministas hemos venido repitiendo esta idea desde hace tiempo (véase aquí una columna mia de 2012/). Creemos que para que el mundo funcione mejor habría que poner la vida en el centro.  Pero quizá esta idea parezca muy abstracta, utópica, inconcreta. Ahora que el mundo parece que se ha detenido, y aunque no tengo ninguna confianza en que sea para mejor, me gustaría imaginar cómo sería en la práctica poner la vida en el centro. Doy algunas ideas para el improbable caso de que salgamos de esta con más sabiduría y sensatez.

Todas las actividades que emprendiésemos deberían tener como objetivo el cuidado y mantenimiento de la vida humana, pero no sólo, también de su entorno. La vida humana no puede estar desconectada de los demás seres vivos que la pueblan, animales y plantas. En lugar de actuar como depredadores, hay que vivir en armonía con el medio ambiente; y ahí tengo que decir que los animales no pueden ser tratados mal, pero tampoco mejor que las personas, cosa que ocurre con las mascotas en no pocos lugares de occidente.

Para vivir "una buena vida", como proponía Aristóteles, los seres humanos necesitamos sobre todo cuidados –desde que nacemos hasta que morimos– y afecto. La cantidad de ocupaciones que pueden girar sobre esta necesidad es infinita: desde aquellos cuidados que procuran los diferentes tipos de familia o grupos que acogen a una nueva criatura, hasta el seguimiento, desarrollo, culminación y muerte de la persona, cuántas actividades podrían estar relacionadas con el hecho de cuidar, desde la atención cotidiana a los sistemas de salud. En los cuidados no debe haber división sexual del trabajo.

La educación en todas sus variantes: infantil, juvenil, adulta, formal e informal. La transmisión del conocimiento en sus múltiples posibilidades. Organizada de formas diversas, según la capacidad y la creatividad de los diferentes grupos humanos. La ciencia, la medicina, la investigación, sectores estratégicos que deberían estar, como todo lo demás, para el mantenimiento de una vida digna.

Una buena vida no puede llevarse a cabo sin cultura y esparcimiento: literatura, música, teatro, cine, pintura, danza, arte, deporte y toda la infinita variedad de actividades recreativas, como productores o como receptores, sin convertir ninguna de ellas en negocios excesivos o especulativos que los alejen de su finalidad primordial.

Para todo ello hace falta, naturalmente, garantizar la alimentación, y hay que dar el papel que corresponde al sector primario; el mundo es muy grande, y poner la vida en el centro también significa orientar la actividad agropecuaria al servicio de la supervivencia digna. Enfocar la tecnología y los conocimientos científicos al objetivo de que todo el mundo pueda comer tres veces al día.

Poner la vida en el centro también significa apostar por la cooperación, y no por la competencia. Dejar de ver a los demás como enemigos, renunciar al enaltecimiento de lo propio y el desprecio de lo ajeno. Y naturalmente, dentro de este mundo posible, propiciar que todos los seres humanos puedan desarrollar sus potencialidades sin importar la clase, raza, sexo, procedencia, orientación sexual o situación personal.  Ya sé que es altamente improbable que veamos un mundo así, pero por pedir que no quede.