Cuarto y mitad

Criaturas sin identidad

Cuando una criatura viene al mundo no sabe la lengua que hablará, ni la ropa con la que la vestirán, ni la comida que le alimentará, ni lo que se espera de ella: no es consciente del cuerpo que tiene, ni del color de su piel, ni de si a causa de su morfología será tratada de una forma u otra. Cuando una criatura llega al mundo no sabe nada, no tiene conciencia ni de su presente ni de su futuro. Es un pequeño cuerpo sexuado que se incorpora a un lugar reglamentado en cuyas reglas no ha participado ni conoce.

Quienes sí que conocen las normas (que a su vez aprendieron de los que les precedieron) son las personas que reciben a la nueva recién llegada, para quien ya han elegido un nombre, le han destinado una habitación (o al menos un lugar donde ubicarla), han determinado los adornos con los que la engalanarán y los vestidos con los que la cubrirán. Y, sobre todo, en función de los genitales con los que haya nacido, la incentivarán a hacer unas actividades y le reprimirán otras. Potenciarán unos rasgos e inhibirán otros. Estimularán que haga unas cosas y le prohibirán otras.

Y conforme esa criatura se vaya dando cuenta del mundo que la rodea y asimilando sus claves acabará encarnando (a gusto o a disgusto) el tipo de persona que esa sociedad que la ha recibido ha establecido como modelo ideal. A eso lo llamamos, resumiendo mucho, identidad (nacional, de género, de clase, etc.)

¿Qué hay de innato en todo este proceso? ¿Es que los andaluces nacen con las castañuelas incorporadas, los catalanes con la barretina, los vascos con la txapela, los argentinos sabiendo bailar el tango y los gallegos la muñeira? Y por la misma razón, ¿unas nacen ya predestinadas a calzar zapatos de tacón, a que les guste el color rosa o a que se desvivan por cuidar a los demás, mientras que otros nacen ya dando patadas al balón o con el deseo de ser ingenieros o astronautas?

En su último libro El género y nuestros cerebros la neurocientífica Gina Rippon sostiene que no hay cerebros masculinos ni femeninos, y que una sociedad con géneros definidos producirá cerebros con género. Es decir, la función hace el órgano, y no el órgano la función.

¿Por qué no dejamos que esas criaturas que vienen al mundo desarrollen sus potencialidades y deseos en libertad sin importar sexo, procedencia o color de piel? ¡Ah! porque entonces el edificio absurdo que los seres humanos hemos construido se derrumbaría como un castillo de naipes, y, entre otras muchas cosas, nos dejaría sin argumentos para linchar a cualquiera que ponga en duda los dogmas y fantasías que tantos quieren imponer como si fuese la verdad.