Cuarto y mitad

Dogmatismo progresista

Hace unos días provocó un gran alboroto la publicación de una carta de unos 150 intelectuales norteamericanos alertando contra la intolerancia ante el pensamiento discrepante y el empobrecimiento que esto representaba para la democracia. No habían pasado ni dos días y ya algunos se habían retractado o se habían arrepentido de haber firmado el texto, tal es el miedo que se experimenta cuando se toca el dogmatismo, sobre todo el que proviene de los movimientos supuestamente progresistas.

Si se denuncian los ataques conservadores al pensamiento libre todo el mundo se apresura a estar de acuerdo, porque claro ¿quién va a estar en contra de la libertad de expresión? Pero si la censura y la intolerancia se manifiesta entre el activismo más transgresor ¿Quién le pone el cascabel al gato? ¿Quién es la guapa que se atreve a ser señalada con el dedo por la cofradía que tiene la verdad absoluta?

Sin embargo, por estos lares sabemos bastante de intolerancia ante la discrepancia: durante muchos años fue tabú, por ejemplo, hacer la menor crítica a la política lingüística en Cataluña. Tema vetado. Dogma de fe.  Más adelante cualquier crítica o asomo de discrepancia con el procés era señalada como alta traición, no solo entre las personas que no comulgábamos con la causa, sino incluso entre los mismos partidarios.

Y ahora estamos asistiendo al punto álgido de la intolerancia cuando se cuestiona, ni que sea prosternándose, el concepto de identidad de género, o se defiende la existencia del sexo biológico como base material de discriminación de las mujeres.  Hay luminarias que dicen que toda esta polémica es culpa de Carmen Calvo; que en realidad todo este debate no existe y es una cortina de humo que oculta el deseo de mantener las cuotas de poder de algunas socialistas y sus secuaces.

Pero quienes nos exponemos públicamente sabemos que la intolerancia del activismo progresista existe; que se señala y hostiga a personas que escriben lo que piensan, que argumentan y dan razones, que se expresan libremente y discrepan de teorías que por mucho predicamento que tengan no son –ni deben ser– palabra de dios.  Personas a las que se responde no con argumentos, sino con insultos, con descalificaciones e improperios. A las que se pretende desprestigiar profesionalmente, a las que se les monta una campaña de acoso y derribo en menos que canta un gallo. Y todo por discrepar o mantener opiniones contrarias a la corriente de moda del momento, a lo que no vacilan en denominar "dicurso de odio".

Y sí, hay miedo. Yo lo tengo. Pero pese a ello aún creo en la frase que se atribuye a Voltaire, aunque en realidad la escribió Evelyn Beatrice Hall, una mujer que para escapar a la intolerancia de la época publicó con el seudónimo Stephen G. Tallentyre: "Estoy en desacuerdo con lo que dice, pero defenderé hasta la muerte su derecho a decirlo" (Los amigos de Voltaire, 1906). Ahora no hace falta recurrir a un seudónimo para escribir, pero paradójicamente quienes acosan, muchas veces, se ocultan tras un nickname acompañado de un hashtag tope transgresor. ¡Quién lo iba a decir!