Cuarto y mitad

Dejar atrás la posmodernidad

Si una cosa buena pudiera traer la pandemia del covid-19 que estamos viviendo es que por fin se empieza a tambalear la inanidad en la que hemos vivido las últimas décadas. Una época que ha cortocircuitado las utopías emancipadoras y las ha sustituido por un individualismo bobo e ineficaz; ha fragmentado en grupúsculos irrelevantes procesos que otrora fueron globales, ha reducido las luchas a una cuestión de identidad, en lugar de atender a las desigualdades sociales, incluso dentro de esos mismos grupos que se imaginan homogéneos; ha pulverizado los ideales universales de igualdad entre todos los seres humanos y los ha sustituido por un relativismo que convierte todas las prácticas sociales en equivalentes, ya sean buenas, regulares, malas o nefastas (porque claro, lo primero es determinar qué es la bondad o la maldad de las cosas) con el agravante de que no se puede cuestionar nada si no es desde dentro del contexto social en el que esas prácticas se producen.

Una época que ha entronizado teorías descabelladas que han sido formuladas en lenguajes oscuros y farragosos que casi nadie entiende, y que entran en contradicción con la realidad, pero que han propiciado el nacimiento de minorías muy minoritarias que no solo luchan por sus derechos legítimos, sino que pretenden redefinir lo que es el ser humano en su totalidad, difuminando el sexo biológico, base material de la desigualdad. Una época en la que se ha se ha considerado que bastaba con cambiar el lenguaje pera modificar la realidad, pese lo cual todavía no he oído a nadie que cuando quiere insultar a una mujer la llame trabajadora sexual. Actividad que por cierto no se ha visto libre del estigma y cuya legalización no ha comportado mejoras sustanciales en los países que lo han hecho.

Una época que bajo el mantra de la libre elección está aceptando situaciones y prácticas por cuya erradicación el feminismo lleva luchando más de tres siglos, y que no solo no han desaparecido, sino que se afianzan y reproducen si acaso con mayor virulencia,  a la par que nacen otras nuevas formas de explotación de la capacidad reproductiva de las mujeres cuando ya pensábamos que no había actividad patriarcal que pudiera superar a la prostitución.

Una época, en definitiva, que ha sustituido la racionalidad y la lógica por los deseos, los sentimientos y las subjetividades, exacerbando hasta el delirio la susceptibilidad de los individuos y grupos. Colectivos que se dan por ofendidos ante cualquier nimiedad y están dispuestos a excomulgar a  cualquiera que ose desafiar los nuevos dogmas de fe, aunque ahora la nueva iglesia la constituyan las redes sociales y actúe a través de internet.

Ojalá la era pos-covid  arrase con los disparates posmodernos y  podamos volver a debatir sobre ideas  y no sobre creencias, sobre realidades y no sobre fantasías, sobre proyectos colectivos y no sobre empoderamiento individual, que no deja de ser el sálvese quien pueda del naufragio neoliberal.  Vamos a dejarnos de teorías elitistas surgidas de la opulencia material,  y busquemos soluciones a los múltiples  problemas que como humanidad tenemos que afrontar. Nos va la  vida en ello.