Cuarto y mitad

El negocio de la insatisfacción permanente

El negocio de la moda y la belleza se ha sostenido y se sostiene incentivando la insatisfacción de las mujeres.  Primero se elabora una filosofía (sí, filosofía) sobre cuán importante es que las mujeres sean bellas. Hasta tal punto es importante que es una evidencia que la mayor parte del éxito femenino viene dado por su apariencia. Siendo guapa puedes salir de la pobreza: desde Cenicienta, pasando por todas las grandes heroínas de la literatura universal y el cine, el único valor supremo para las mujeres ha sido el de ser bellas según los cánones de cada época.

Provocando esta insatisfacción permanente se han forjado imperios de marcas de cosméticos, de ropa, de complementos, etc.; a este gran negocio que tiene esclavizada a la mitad de la población mundial (3.500 millones de mujeres son muchas mujeres) se ha añadido la industria de la cirugía estética, que continúa incentivando esta insatisfacción con el cuerpo femenino. Este sector vende la ilusión de que se puede modelar el cuerpo de manera inocua: aumentar o disminuir volumen aquí o allá, quitar arrugas, eliminar celulitis, estirar la piel, redondear los pómulos, perfilar los labios (¡ay, dios, esos labios hinchados que simulan carnosidad!).

Y cuando parecía que las posibilidades de provocar insatisfacción habían llegado a su límite, aparece milagrosamente y con una fuerza arrolladora un movimiento que incentiva las dudas sobre la propia identidad. Aquí tenemos un mercado potencial de 7.000 millones de personas. Vale que no todos los millones de seres humanos que poblamos este desdichado planeta están en disposición de tomar hormonas (bastante hacen con buscar la manera de comer algo cada día) pero basta que haya un sector económico que huela negocio para que se lance cual buitre carroñero a fomentar una teoría que puede reportar millones de clientes.

El sector de la moda y la belleza en perfecta alianza con la teoría de la identidad de género (véase la pretenciosa propuesta de Gucci en tediosa armonía con la perorata de une filosofe muy reconocide), va a conseguir convertir en permanentes insatisfechos no ya a las mujeres sino a toda la población.

Y el negocio va a ser redondo con el sector más vulnerable: las criaturas. Niños y niñas en formación; personas en desarrollo pasmados ante el mundo que los adultos han diseñado para ellas; un mundo lleno de mandatos, órdenes, roles y modelos que tienen que ir asimilando, y que la nueva religión de la identidad de género, en perfecta confluencia con la moda, la belleza y la farmacopea, se va a encargar de potenciar.

#A las criaturas no se les toca, es el grito de guerra que algunas feministas hemos lanzado como advertencia ante esta ofensiva, advertencia que ya está siendo replicada incluso con humor en algunos videoclips a los que deseo mucho éxito. Algún día, cuando la racionalidad se restablezca (porque lo hará, estoy segura) habrá que pedir responsabilidades a tanto progresista que hoy se sube al carro del nuevo dogma sin apercibirse del daño irreparable que teorías disparatadas y absurdas van a provocar.